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lunes, febrero 08, 2016




No concuerdo Guillermo. No estamos tan lejos.

¿Te acordás cuando venías todas las tardes a mi casa a tomar cerveza y desde el balcón espiábamos a la chica de en frente? Nos imaginábamos que pasaría cuando cerraba la puerta después de volver del supermercado. ¿Que hacía ahí adentro? ¿Como sería su casa, su escondite? Su hogar era una caja de pandora para nosotros. Nuestros pensamientos diseñaron cien casas distintas, y hoy no sabemos que fue de aquella piba, pero su casa terminó siendo la tuya porque el alquiler estaba barato, te la conoces de memoria e incluso somos vecinos.

Aquella oficina a la que fuiste dos veces en tu vida a hacer algún tramite que no terminabas de entender demasiado, de repente se convirtió en uno de los principales escenarios de tu vida. Entraste a trabajar ahí, pasas un tercio de tus días en esos escritorios y ahora estás del otro lado del mostrador, probablemente atendiendo a algún futuro compañero de trabajo sin saberlo.

Y ese perro callejero mugroso al que le dabas de comer cuando lo encontrabas en cualquier rincón de la ciudad, hoy nos mira desde la ventana de tu casa, está eufórico esperando que llegues y juegues un rato con él. te necesita tanto...

¿Esa chica que cruzabas en el ascensor a la que ni le prestabas atención porque andabas metido en tus cosas? ¿Te acordás? Esa con la que hablabas del tiempo en el trayecto del séptimo piso a la planta baja? El pronóstico era siempre el mismo: clima de incomodidad. No sabías nada de ella y pasaba completamente desapercibida, solamente querías llegar al cero, nunca fuiste muy sociable. Diez años después amanece todos los días en tu cama y se desvive por cuidar a tu hijo.

¿Sabés Guillermo? Andamos desperdigados por ahí, eligiendo caminos todos los días, algunos son eternamente paralelos, otros terminan cruzándose en cualquier esquina. No coincido con vos, el futuro no está tan lejos ni es tan misterioso. Está ahi, bien camuflado, todo desparramado en el presente aunque no lo veamos, preparado para sorprendernos en el momento menos esperado.



martes, septiembre 15, 2015



Pensaba mientras guardaba la guitarra en el estuche. Pensaba en como 20 años habían pasado tan jodidamente rápido. Aquella lejana tarde habíamos descubierto una pasión y no lo sabíamos. 


Ademas de estar aturdido por el volumen de la distorsión (siempre tocamos muy fuerte, demasiado) también lo estaba por los recuerdos. Pasamos por tantas salas de ensayos, desde las mas sofisticadas, hasta las más precarias y cavernosas. Fuimos a mostrar nuestra música a tantos bares, tomamos infinitas cervezas, conocimos mundos de gente. Grabamos tantas canciones, tantas otras murieron en el intento de llegar a ese limbo llamado disco. Les hicimos temas a los mismos amores a los que después despediríamos con otros temas un poco más tristes. Las personas reviven las etapas de su vida con álbumes de fotos, las bandas con discos. 

Vimos nacer a las nuevas generaciones de punks, vimos caer tantos disfraces en el camino, observamos morir tantas apariencias. Solo quedamos los que lo hacíamos con el corazón. Cambiamos tantas veces de instrumentos, discutimos tanto, perdimos tanta plata, agonizamos tantas veces pero nunca terminamos de morir y siempre estábamos resurgiendo, enchufando otra vez los instrumentos.

Un tren de pensamientos en solo algunos segundos. Finalmente cierro el estuche y los miro. Ahi están mis compañeros de ruta y aventuras, con la misma alegría en los ojos que aquellas tardes de juventud eterna, con las mismas ganas de ser feliz haciendo música, aunque la fama no llegue: ¿que importa que las mansiones sean de otros si las canciones son nuestras? Estamos más pelados, un poco más gordos tal vez, pero con el corazón intacto. Eso si, cuando la primera nota de cada ensayo empieza a sonar, automáticamente adelgazamos, tenemos más pelo, se nos gastan y achican un poco las remeras, se nos rejuvenece la voz y la sonrisa se nos vuelve desesperadamente enorme.



 



Dedicado a todas las bandas del mundo que aman lo que hacen, y siguen, pese a todo(s).

lunes, junio 15, 2015



Todo empezó escuchando Punk Rock. La música fue la puerta, otra vez. Una palabra se repetía insistentemente en esas melodías supersónicas. Al compás de gritos descarnados una letra "A" intentaba escapar de un círculo sofocante, despedazando los límites que no la dejaban crecer. Un nuevo mundo asomaba a mis días.

Empecé con Bakunin que me ayudó a hacer añicos dos conceptos en los que nunca había creído demasiado: dios y el estado. Así, en minúscula; siempre preferí escribir con mayúscula solo lo significativo para mi. Vagaba por las calles con aquella remera negra con las mangas poco prolijamente cortadas por mi y la A roja bien pegada al corazón.

Los fanzines estaban siempre desparramados por mi habitación: las voces de cientos de anónimos gritaban sus ideas incendiarias en papel fotocopiado queriendo construir un mundo mejor. Y me convencieron. Fui un adolescente convencido de que a través de la anarquia se podía levantar otra sociedad más justa, noble y sincera, sobre los restos de una civilización completamente podrida. Pero entre el dicho y el hecho, la teoría y la practica, estaba incrustado el ser humano, con su inercia destructiva y su voraz apetito por el poder. No había anarquía ni igualdad posible con tantos hijos de puta deseando someter. Siempre alguien queriendo dominar, la historia en bajada de la humanidad.

El tiempo, las vivencias y la realidad brutal hirieron de muerte a mi idealismo. Me encontré con mis utopías sangrando, desorientado, preguntándome a donde me llevarían todos esos libros de anarquía leídos en mis ratos libres, de que me habían servido todas esas horas devorándolos a sol y a sombra. Muchos años pasé perdido y sin respuesta.

Sumergido en el barro de mi más profunda crisis existencial y después de meses de lágrimas y pensamientos histéricos pude resolver el misterio. Estuvo adentro mío todo el tiempo. Sentía que había estado dormido tantos inviernos, pero aquella tarde desperté. Los libros me despertaron de un cachetazo. Aquel camino de frases románticas sobre paz y autogestión, aquellas ilusiones adolescentes y desilusiones juveniles fueron el recorrido obligado y necesario para entender en todo su esplendor el concepto de libertad. La libertad era la base para toda hermosura posible y la anarquía había sido el largo y pedregoso camino hacia su descubrimiento, hacia el auto-descubrimiento. 

Comprendí entonces que la anarquía le quedaba un poco grande a la maldad de nuestros tiempos, pero cabía justo en mi corazón, y que las reglas por crear y romper vivían adentro mio. No había mas autoridad que yo mismo. Supe entonces que la anarquía quizás nunca sanaría a este mundo porfiado, pero me había transformado a mi, mejorándome, haciéndome crecer y evolucionar. Y eso, de alguna manera, también era cambiar al mundo, aunque sea de a poquito.







sábado, marzo 21, 2015



Después de tantos años nos volvimos a encontrar, lejos de todo y de todos. Era ley terminar en un bar, y así fue. Las carcajadas seguían intactas. Jamás volví a reírme tanto con una persona como lo hacía con él. Era recíproco. Extrañaba terminar agotado de estar tentado. Al fin y al cabo estábamos un poco distintos que hace un tiempo, pero aun iguales.

Tomamos cerveza. Hablamos del punk, de Green day, de los Ramones, de la banda que teníamos, de aquellos tiempos sagrados de gloria y libertad que habíamos vivido a la par. Y mientras seguíamos volando hacia atrás, de repente se quedó pensativo. Gradualmente se le borró el gesto de gracia y melancolía alegre en la cara y sentenció mirando a la nada: "nuestros amigos, o tienen hijos o están muertos". Se hizo un silencio triste. La segunda opción me hizo un eco frio en el alma. Nunca había pensado en eso. Tenía razón.

La pasábamos bien, eramos jóvenes e invencibles, pero en el fondo estábamos tristes. Para ser punk siempre tenes que estar un poco triste. Y muchos no soportaron aquella angustia. Se rindieron y cayeron en esos refugios de papel que son la droga y el alcohol. Ninguna pastilla calmó el dolor. Otros fueron más pragmáticos y directamente eligieron la bala o la soga.

Levantamos nuestras miradas brillosas y chocamos los vasos. No dijimos nada, pero brindamos por varias cosas. Por aquellos días de gloria, por los que ya no están pero están, y por lo que quedamos, peleandole a la existencia, con esa vieja tristeza todavía adentro, apaciguando las congojas con las canciones de toda la vida, esas melodías inmortales, por siempre jóvenes, y con la cresta bien parada en el corazón. Después de todo, el negro en nuestra ropa sí tenía un poco de luto.




sábado, marzo 14, 2015


Margarita tenia catorce años cuando se casó, y treinta y siete cuando se separó . En el medio tuvo tres hijos. Su marido era uno de los galanes mas buscados del pueblo, todas morían por sus ojos celestiales, pero el moría por Margarita.

Solo unos meses después del casamiento su romance eufórico se transformo en obsesión. y la obsesión es olvidarse del amor. Ella tardó solo un par años en darse cuenta de que no estaba cómoda con la relación, que quizás era muy chica para haber forjado su futuro tan de golpe. Pero cada vez que cobraba valor y se decidía a dejarlo, él aparecía con un revolver, se lo apoyaba en la sien y le advertía: si me dejas me mato. Mas de una vez su hermana la aconsejó - dejalo que apriete el gatillo-

El amor devino en terror y no pudo soportar mas . Una tarde de Diciembre les anuncio a sus padres que se separaría de su esposo. Tenia diecisiete. Su madre rezongó despavorida- ¡No Margarita por dios! ¡Que va a decir la gente del pueblo! ¡Que vergüenza! ¡Si ya es parte de la familia! El matrimonio seguía, y las voces permanecían en silencio, como sus sueños.

Cincuenta años después Margarita mira en la oscuridad de su comedor las fotos en blanco y negro, las acaricia con sus manos ajadas. les saca el polvo. Se ve tan joven en ellas, tan ilusionada. Trata de rearmar esos futuros posibles que se invento y que nunca fueron, los caminos jamas tomados por indecisión, por falta de coraje, o lo que fuese. No volvió a enamorarse. Siempre fue demasiado tarde para todo. Superó algunas depresiones, pero nunca a la peor de las nostalgias: la nostalgia de lo que no existió. Jamas se fue a vivir al mar como tenia pensado hacer cuando finalmente dejó a su marido, pese a todos. Y aquel pueblo maldito que iba a castigarla para siempre con desprecio y horror por sus sentimientos, pecados y decisiones, no recuerda ni un solo segundo de aquella historia de desamor. Entonces Margarita se pregunta en lo profundo de la noche, si ella vivió en ese pueblo realmente, o si el pueblo vivió en ella todos los días de su triste vida perdida.







viernes, septiembre 05, 2014



Yo también tuve mi propio Titanic.

Los días y noches de arduo esfuerzo y espera valieron la pena. Que realizado me sentí cuando el último clavo se enterró en su armazón. Durante los días previos a zarpar al océano no hubo atardecer en el que no me sentara en el muelle a mirarlo terminado. Era increíble, majestuoso, impresionante. Aun me invadía la incredulidad al caer en la cuenta de lo que había logrado con mis propias manos. Un amor que desafiaba a la eternidad.

Finalmente llegó la hora soñada. El champagne estalló contra la proa dándole la bienvenida a los mejores días de mi vida. Cuanto mar por recorrer, tantas olas por conquistar. Me sentía capaz de cazar el horizonte. Mi pequeña obra de arte y yo salimos a enamorarnos del mundo.

En altamar conocí aguas de todos los colores, olas de toda forma y altura, monstruos marinos de lo más variados. Las pequeñas y grandes tormentas solo fueron obstáculos para probar su fortaleza, que por cierto era titanica. Juro que jamás vi brillar el sol tanto como esas mañanas.

Pero nunca vi venir el hielo.

Esa madrugada choqué contra el frío más impávido y asesino que el mar podría ofrecer. Como si todos los inviernos de mi vida se incrustaran juntos en el hierro de la nave, y en mi corazón. Ese barco que tanto me había costado y que parecía indestructible, comenzaba a ahogarse. En un segundo todo se fue a la mierda. El agua entraba por todos lados y la desesperación no me dejaba pensar. Las estrellas cada vez quedaban más arriba y me encontraba en la nada más absoluta. .

No podía creer lo que me estaba sucediendo.Traté de tranquilizarme como pude.  Acaricié mi gorra de capitán, la observé un buen rato y me senté al lado del ya inservible timón. La catástrofe se consumaba y yo, como todo capitán con honor, moriría con mi barco. La espera no duró mucho, el agua helada comenzó a besarme los pies y subío lentamente hasta mi cuello. Suspiré, tomé aire y cerré los ojos.

Todas las mañanas despierto y doy una vuelta por el camarote. No se si estoy vivo o muerto. Habito en la más recóndita de las profundidades, donde casi no llega la luz. Me toco el pecho y no siento nada. Quizás sí morí aquella noche infernal después de todo. Pero la duda regresa a molestarme cuando, en los días de sol más recalcitrante, algún rayo rebelde logra penetrar y llegar al fondo del mundo en el que vivo, permitiéndome volver a contemplar aunque sea por unas horas a mi Titanic, que aun descansa en el fondo del mar, ahogado, pero intacto, enorme y hermoso.






viernes, julio 11, 2014




Mis caminos cambiaron nuevamente.

Bajo la sombra de ese árbol solitario vivimos los momentos más simples y brillantes de nuestras vidas. Nos conocimos el alma en conversaciones abismales: muchos de los mejores secretos que ambos guardábamos vieron la luz bajo la copa de ese fresno. Pero ya no puedo refugiarme allí, ni del sol recalcitrante de verano, ni de mis problemas cotidianos, como tantas veces supe hacerlo. Cuanto silencio escucho cuando merodeo por ahí. No es como debería ser.

¿Y la esquina? Era nuestro punto de reunión, nuestra pista de despegue diaria. Sabía cada uno de los detalles de esa esquina, la cantidad de plantas exactas que adornaban el balcón de la casa de enfrente, la época en que cada una de ellas florecía, el tallado de cada maceta, el color de las cortinas según la estación. Terminé memorizando todo mientras te esperaba pero ya no recuerdo nada. Giro la cabeza cuando paso. No quiero verla.

Pecaré de vandalismo, pero prometo quemar ese par de hamacas.Y si de vándalos hablamos cito al olvido, que brutales palizas me está dando. De hecho también enrejaría toda la plaza, minuciosa y herméticamente, para que no se escape ningún recuerdo que pueda estrellarse en mi alma. Y que me perdonen madres y chicos.

Mi proceso de desarme siguió sin parar: ya tapé dos o tres graffitis con aerosol negro. Nuestros nombres tatuados en paredes se convirtieron en mamarrachos, cicatrices de paredón que se encargaban de germinar mis depresiones amorosas. Ah, también clausure en mi mente ese bar de mil borracheras compartidas. Para mi ya no existe. Duele tanto que debería ser ilegal. Y asi lo dictaminé.

Convertimos todos y cada uno de esos sitios en lugares gananciales. Los conquistamos, plantamos bandera y los hicimos especiales: eran nuestra propiedad privada, nuestra pequeña república de amor. Pero todo terminó, y tuve que anular media ciudad, porque todo me recuerda a vos. Esos rincones serán nuestros o no serán nada. Y ya no quiero volver a verlos si no es con vos. Sobro. Me quedan grandes.





martes, mayo 20, 2014



El exceso de pasado trae torticolis. Ya duele mucho el cuello de tanto mirar para atrás. Melancolía fuerte, fuertísima. Una foto y una canción repitiendose mil veces de fondo te detonan otra vez y decretan oficialmente lo que tanto temías: los días de gloria han pasado y ya no volverán. Los mejores momentos de tu vida hoy están atrapados en un marco, colgados de una pared. Cuanta estaticidad por dios. Revelaciones que son como patadas en el alma.

Te ves ahi, en esa foto, y te cuesta reconocerte. Tan feliz, tan joven, tan libre. Rebosante, enérgico, con los todavía mil sueños sin derrotar que añorabas cumplir, y que el mundo y tu dejadez se encargaron de espantar. Que hermosa sonrisa supiste tener.

Y llorás. Asi de repente se te quiebra la cara y te sorpende un llanto feroz cargado de impotencia. Pensás en lo que te convertiste, en los colores que perdiste, en las canas que te martirizan. Y la canción sigue sonando, siempre al mismo volumen, pero cada vez más fuerte adentro tuyo. Y te arrepentís de un montón de cosas. Darías media vida por meterte en esa fotografía y no salir nunca más. Meterte ahi, y decirle a los amigos que posan con vos, tambien resplandecientes, que diseñaste un plan para detener el tiempo en ese momento y ser por siempre jóvenes. Y alegres, muy alegres.

Recién cuando el lloriqueo cesa, te calmás, y en medio de un manto de autocompasión te perdonás un poco, le das una tregua a la tristeza. Es que, si tanto extrañás esos momentos, es porque lograste esculpir días y noches geniales en este mundo de mierda. Y eso no es poco.




sábado, abril 19, 2014














No son ojeras.
Son amores extraviados.
Son amigos que ya no están.
Son resistencia, paciencia y entereza.

No son ojeras
son la sombra de mis ojos
talladas en mi rostro
tatuaje de aquellos lejanos días de sol.

No son ojeras
son arco iris
desorientados, decolorados
después de tanta lluvia caer.

No son ojeras
son el foso que protegió a mi mirada
de cada uno de los infiernos cotidianos
que han tocado quemar.

No son ojeras
es la vida recostada, descansando
agotada, añeja y satisfecha
bajo mis párpados.




martes, febrero 18, 2014




El devenir de las tragedias personales es el mejor asesino del tiempo. El mundo sigue su baile frenético, pero para uno el tiempo se detiene por completo.

El reloj de la pared yace congelado. El de mi muñeca se estancó también justo a la hora de la triste noticia, desmayado quizás por lo esquizofrénico de mis pulsaciones. El televisor sigue ahi, de fondo, contabilizando muertes, robos y accidentes, como cada día. Los vecinos van y vienen de sus trabajos, para seguir dándole vida a la rutina. Todo continua igual, excepto por uno mismo, que se queda estático, atrapado en esa mirada que se fue y ya no volverá.

El desfasaje aturde, al igual que el silencio imperante. Los ojos arden. No existen el hambre ni el sueño. Se respira profundo y en cámara lenta. Los movimientos más bruscos que ejerce el cuerpo son los suspiros. Se piensa en todo y nada a la vez mientras la habitación gira alrededor de uno. El día se torna eterno y esa eternidad que tantas veces sonó hermosa en las promesas, hoy es indeseable y dolorosa. No se de que color está el cielo afuera, hoy no entiendo de amaneceres ni anocheceres. La amargura se traga, incluso, hasta las cosas más bellas de la vida.

Alguien apoya una mano en mi hombro y me consuela -todo pasa-. Sonrío complaciente, haciendo un enorme esfuerzo para agradecer la intención. Se perfectamente que todo pasa. El problema es el mientras tanto.




miércoles, julio 10, 2013



Caminábamos bajo una suave garúa. No podíamos esperar a que la tormenta terminara del todo. Ambos coincidíamos en lo bello del mundo recién llovido y salíamos siempre a disfrutarlo.

Es que mojadas las cosas cambian de aroma y de color. Las ventanas embellecen. Las calles descansan de la turba intratable.No son muchos los momentos de escasez de gente, y hay que aprovecharlos sin dudar. El cielo se acurruca en los charcos, volviéndose un poco menos imposible. Reina la calma, como la tranquilidad posterior al llanto feroz. Después de todo la lluvia es eso, una especie de desahogo.

Lo que nos encantaba de las tormentas, al fin y al cabo, es que nos regalaban un mundo distinto al de siempre, al menos por unas horas.





sábado, mayo 18, 2013



Pocas cosas deben doler tanto como el hecho de saber que todo lo que se está haciendo es por última vez. Algo así como una pequeña agonía consciente.

Esos hombres transpirados se están llevando, uno a uno, cada mueble. Parecen estar vacíos. Estan llenos. De historias. Y con ellos se van instantes, charlas y y un sinfín de tragedias domésticas ¿Cuantas conversaciones habrá embaladas en esas cajas? ¿Cuantos secretos guardados en esos cajones?

Cada una de las habitaciones se desvanece lentamente. Todo lo que fue, en unas pocas horas ya no será más. Nudo en la garganta de solo observarlo. El hogar se va convirtiendo en casa, otra vez. Regresa a las fuentes, después de tanto tiempo, vuelve a ser un bebé.

En cada rincón se esconde cotidianidad que la mudanza convierte en eternidad. Restos de momentos por todos lados. De a poquito van desarmando una de las escenografías de nuestra vida. Duele mucho, debe ser que también nos están desarmando a nosotros.



lunes, marzo 25, 2013



¿Conmemoraciones? ¿Medallas? No, no tengo ninguna. Y eso que guerras si tuve, miles.

Aunque me pese confesarlo, en varias ocasiones fui desertor, y la venganza de la cobardía se apoderó del resto de mis días. Las historias jamás sucedidas no paran de salir a flote las tardes lluviosas de invierno. Suelo sentirme tan paradójico cuando pienso en que mis peores derrotas, fueron aquellas en las que no pude ni caer vencido, gracias al miedo. El dolor estridente de la nada.

Otras veces, en cambio, me encontré feroz en el campo de batalla  y debo admitir que fui digno ganador. Me regocijé con las delicias de la victoria, que con el tiempo se transformaron en esos banquetes que suele darse la nostalgia cada tanto.

Como tocó vencer, tocó tambien perder. Fui de esos derrotados que conocen perfectamente ahogamiento pastoso del polvo pegandose a las tripas. Vi gotear sangre, propia y ajena. Lancé bombas dañinas, pero también las recibi, no por nada cargo con este alma lleno de esquirlas. Heri y me hirieron. Me camuflé entre los días, para dejar que se vayan las malas rachas y salí al ataque escupiendo fuego cuando me tocó la bendición de la fuerza.

Mentiría si digo que fui un pacifista, al fin y al cabo, todos somos veteranos de alguna guerra.




martes, febrero 19, 2013



Fueron días y noches de tristeza violenta, y el huracán en el alma comenzaba a notarsele por fuera. Su catarsis era suspirar: constituía su único intento de salir a flote: "suspirando se expulsa de a poquito el dolor" respondía convencida cuando le preguntaban cómo estaba. Y así pasaba las horas, exhalando angustias.

Pero aquella ausencia que le carcomía el ánimo, estaba cada vez más presente. Y un día cualquiera, quizás trágico, quizás medicinal, de tanto suspirar se volvió viento.




jueves, octubre 18, 2012


En el rincón mas agridulce y escondido de este planeta existe un pueblo intermitente llamado Melancolía. Nadie estuvo ahi pero todos lo conocen.

En Pueblo Melancolía todos los días llueve con sol. Es muy común ver los vidrios de las ventanas empañados y tatuados con nombres.  El cielo no es gris, ni celeste: es color magenta. Los bares de malamuerte son plaga, el alcohol no para de correr, y las lágrimas siempre terminan falleciendo en una sonrisa.

La gente es solitaria en Pueblo Melancolía. El tiempo y los sentimientos son anarquía: en un mismo día pueden convivir inviernos y primaveras, veranos y otoños, tristezas y alegrías, glorias y humillaciones. Los años suelen ser igual de desastrosos: en un segundo se puede viajar hacia atras y volver al presente; y los calendarios viven de huelga porque no dan abasto. Ser contemporaneo en esas tierras es la más ardua de las tareas. La gente es impuntual porque vive en el pasado, y, para colmo de males, los relojes no funcionan.

A pesar de que todos sufren palpitaciones, en Pueblo Melancolía nadie muere, porque recordar es seguir viviendo: alli los viejos tiempos son nuevos tiempos.

No se escuchan bocinazos, motores ni frenadas. En Pueblo Melancolía siempre, pero siempre suena música, preferentemente suave.

Dicen que para llegar a Pueblo Melancolía no existen mapas ni rutas, solo hay que vivir para adentro y tener ojos en la nuca.

Bienvenido.



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martes, septiembre 25, 2012



Mi cuerpo es su reino. Para los calendarios, relojes y demás estadistas del tiempo, esa noche finalizó cuando empezó la mañana de aquel día, pero debo confesar que para mi jamas amaneció. Vive conmigo, convivo con ella: tengo una noche encerrada en mi piel. Y le encanta recordarme que es parte de mi, en mis sueños, durante las tormentas, en la envidia venenosa de las otras miles de lunas que no pudieron conquistarme como ella lo hizo aquella vez, cuando me sentí felizmente invadido.

Que el sol me ilumine cada día es tan solo un triste ardid del cielo azul, celoso de no poder ocupar ese trono en mi corazón para escaparle al olvido, porque, a decir verdad, desde ese instante mis días son de noche, y todo sabe a nocturnidad, mis epopeyas, mis tragedias y mis cotidianeidades. Fue una sobredosis de estrellas que, hasta hoy, hace que me sienta tan oscuro como feliz.

Las madrugadas siempre parieron sueños. Aquel momento se convirtió en eterno y el tiempo, otra vez, se volvió relativo y contradictorio: queriamos que esa noche nunca terminara, y asi fue.




lunes, septiembre 10, 2012



Esa caminata vespertina no había sido igual a todas las demás. El recorrido era siempre el mismo, pero aquella tarde me topé con una escena extraña que llamó poderosamente mi atención. Apoyado contra un árbol, con su punta clavandose en la tierra, yacía un paraguas bastante deteriorado, con agujeros por todos lados. Hasta ahi algo normal, un trasto, chatarra. Pero lo inusual era que de su interior brotaba un papel que se movía con el viento frío. Noté que estaba escrito y no pude resistirme a tomarlo y leerlo. Decía algo así:

"Su nombre era Tormenta y era hija del caos. Era una máquina de vivir, no tenía anécdotas, tenía desastres. Jamás cumplió ordenes, ni años: era mas preciada y más preciosa que la mismísima juventud.
 
Se llamaba Tormenta, y lo era por dentro y por fuera: rabia y belleza se conjugaban en su ser. Dueña de una intensidad incontrolable, de esas que le entregan verdor puro a las plantas, y también las pudren por completo. Me preguntaba por que a alguien le pondrían un nombre tan extraño y hermoso a la vez. Tiempo después lo comprendí....

La conocí, justamente, en medio de una, y a diferencia de todos nosotros, era la única que no llevaba paraguas. Bailaba descalza en la lluvia.  Ella sola estaba empapada, despeinada, embarrada, y aun así era, por lejos, la más hermosa del lugar.

Empecé a tratar con ella, y contra toda lógica, cada vez me parecía más increible e irreal, pese a tenerla cada vez mas cerca. Solía quejarse de no saber si estaba dormida o despierta, porque no difrenciaba entre su vida y sus sueños: eran una unidad, un todo, una sonámbula de sus días. Por las noches supimos concretar lo imposible, encerrar truenos en un dormitorio, entre orgasmos, gotas y destellos. Igual de ingobernables eramos durante las discusiones, casi casi que cada una era un diluvio universal, y sus suspiros huracanes. Pero siempre teniamos nuestro arca cerca.

Poseía la euforia y la magia de una estrella fugaz, y fugaces fueron nuestras andanzas. La lluvia me la había regalado desde el cielo y una noche acuosa se fue para no volver. Amanecí sin ella en mi cama. Fiel a su naturaleza de tormenta que se lleva a todo por delante, me había llevado puesto a mi también.

No
es que yo me haya convertido en tempestad, ni siquiera alcanzo a ser una llovizna de lo que era esa mujer, pero desde que se fue, confieso que siempre llueve un poco adentro mío..."



Instantaneamente, al terminar de leer esa especie de diario de algún amante anónimo, un trueno partió el amargo silencio que había nacido adentro mio y una gota suicida explotó sobre el papel...




martes, agosto 21, 2012



Esto ya no es como en mi memoria. Puedo ver el reflejo de mi cara desfigurada en el charco de sangre y siento que todo a mi alrededor está hecho del material de las pesadillas. Las sillas, las puertas, mi cuerpo, todo. Y se me llena el corazón de preguntas...

¿Cuando fue que mi primavera eterna con él se convirtió en el invierno más oscuro que conocí? Me prometió un jardín de rosas, pero se llevó las flores y me dejó las espinas y el barro. Temo. Cualquier palabra que yo diga puede desatar el incendio. Esa misma boca con la que me sedujo dulcemente y me besó por primera vez, hoy es una catapulta que lanza los peores improperios que una mujer puede escuchar. Caricias mutaron en golpes, piropos en amenazas y mi vida en muerte. El hogar que construimos con tanto cariño y esfuerzo hoy es mi pandemonium.

Hace dos horas que se fue al bar y hace dos horas que estoy en este rincon, abrazandome las rodillas, dolorida, humillada. No puedo moverme y no quiero hacerlo. A mi lado, el retrato de nuestro casamiento hecho pedazos, porque cai sobre él después del forcejeo. Hoy se rompieron hasta mis recuerdos. Lloro.

Jamás pensé que llegaría el momento en el que le temería a su perfume. El aroma que me cautivó hace veinte añós hoy es el aviso de lo peor. Lo huelo y comienzo a temblar. Sentirlo es saber que llega él y su maltrato. Mi romance es mi tragedia, y no creo haber hecho nada para merecerlo. Lo amo con todo mi corazón, y confío en que va a cambiar y va a volver a ser el de antes, el de nuestra inolvidable adolescencia.

El amor siempre dolió, pero nunca tanto como hoy...



martes, agosto 07, 2012


LOS DIAS PUNK.

Muchas historias tristes se juntaron para darle vida a una sola y hermosa, digna de ser contada. Eramos el punto exacto en donde desembocaban las burlas y de ellas veniamos escapando cuando nos encontramos, nos entendimos y nos unimos. Las calles eran nuestras, y en ellas forjamos nuestra amistad. Marchabamos de negro y algo desalineados pero siempre con una sonrisa como bandera. Esa, la peor remera posible para ponerse era la que mas disfrutabamos. Pequeños actos de irreverencia que amabamos. ¿Te acordás? el bautismo de fuego era hacerse la cresta.

Nos pasabamos horas y horas escuchando música, tanto, que un día nos planteamos ser parte de ese ruido violento que volaba desde aquellos cds piratas que viviamos intercambiando. Y así fue como, de caraduras, decidimos formar una banda. La mitad de los instrumentos eran prestados. Los platillos de la batería estaban colgados en el baño de la sala de ensayo, como adorno, abollados, pero a nosotros nos servían. Siempre fuimos felices con poco. La grandeza del punk radica en la inexistencia del prejuicio: no hacía falta ser un músico genial, solo bastaba con las ganas y el sentimiento.

Algunos tocabamos, otros acompañaban, pero todos disfrutabamos. Era la banda y su banda formando una gran banda. Caminar la ciudad de día y de noche, fabricando anécdotas, escribiendo nuestra historia. Cada momento era el espermatozoide  de alguna futura canción. Entendimos eso de que "la música era vida". Encontrabamos interesantes los rincones más impopulares de la ciudad, hallábamos belleza en donde el común de la gente no, usabamos lo mejor, usabamos el resto.

Aquel miedo inicial, ese que nos inmovilizaba y que no nos permitía defendernos de la hostilidad de las personas se fue desvaneciendo. Y lo poco que sobrevivía, lo ahogabamos en vino blanco con sprite, y demáses elixires mágicos creados por algún dios barrial de dudosa existencia.

Nuestro refugio era la sala de ensayo. La limpiabamos, comiamos, era nuestro lugar en el mundo. Cuatro paredes que por siempre guardaran secretos, confesiones, momentos y delirios inolvidables. Cualquier casa abandonada era un palacio en el que eramos principes, y no dudabamos en ensuciarnos las manos para buscar alguna silla, un cuadro, o cualquier elemento que siriviera para llevarlo a nuestro bunker. Era nuestro lugar y decorado a nuestra manera. Un reflejo de nosotros mismos.

Te acordás de los recitales? No faltabamos a ninguno. Una especie de ritual en algún lugar oscuro y olvidado de la ciudad en el que la tribu agradecía esa felicidad hallada, a través de esa extraña pero placentera danza llamada pogo. Al otro día nos dolían hasta los huesos, pero el alma estaba llena, intacta, reluciente.

La conclusión era tragicomica pero reveladora: nos habíamos convertidos en la clase de gente con la cual nuestros padres no querían que nos juntemos. Que paradoja, porque eran las mejores personas que había conocido. Era el clásico miedo a lo desconocido. En nuestro caso, totalmente infundado.

Pero la vida no tiene frenos y el tiempo pasó. Cada uno continuó su camino. Varios nos seguimos viendo, de hecho la banda sigue tocando y sonando un poco mejor que en aquellos días. A otros los encuentro cada tanto y a algunos jamás los volví a ver. Aun hoy paso por lugares en los que frecuentabamos, y veo graffitis en las paredes como cicatrices de momentos, no pudiendo evitar sentirme atacado por una melancolía preciosa. Pero un segundo me basta para reaccionar y darme cuenta de que esos días punk todavía no terminaron. Pudieron haber cambiado las caras, las edades, las circunstancias, pero sigue el cosquilleo en mi espalda. Las alas que alguna tarde gloriosa me habían nacido, continuan ahí, intactas. Y eso es todo lo que necesito.