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martes, septiembre 15, 2015



Pensaba mientras guardaba la guitarra en el estuche. Pensaba en como 20 años habían pasado tan jodidamente rápido. Aquella lejana tarde habíamos descubierto una pasión y no lo sabíamos. 


Ademas de estar aturdido por el volumen de la distorsión (siempre tocamos muy fuerte, demasiado) también lo estaba por los recuerdos. Pasamos por tantas salas de ensayos, desde las mas sofisticadas, hasta las más precarias y cavernosas. Fuimos a mostrar nuestra música a tantos bares, tomamos infinitas cervezas, conocimos mundos de gente. Grabamos tantas canciones, tantas otras murieron en el intento de llegar a ese limbo llamado disco. Les hicimos temas a los mismos amores a los que después despediríamos con otros temas un poco más tristes. Las personas reviven las etapas de su vida con álbumes de fotos, las bandas con discos. 

Vimos nacer a las nuevas generaciones de punks, vimos caer tantos disfraces en el camino, observamos morir tantas apariencias. Solo quedamos los que lo hacíamos con el corazón. Cambiamos tantas veces de instrumentos, discutimos tanto, perdimos tanta plata, agonizamos tantas veces pero nunca terminamos de morir y siempre estábamos resurgiendo, enchufando otra vez los instrumentos.

Un tren de pensamientos en solo algunos segundos. Finalmente cierro el estuche y los miro. Ahi están mis compañeros de ruta y aventuras, con la misma alegría en los ojos que aquellas tardes de juventud eterna, con las mismas ganas de ser feliz haciendo música, aunque la fama no llegue: ¿que importa que las mansiones sean de otros si las canciones son nuestras? Estamos más pelados, un poco más gordos tal vez, pero con el corazón intacto. Eso si, cuando la primera nota de cada ensayo empieza a sonar, automáticamente adelgazamos, tenemos más pelo, se nos gastan y achican un poco las remeras, se nos rejuvenece la voz y la sonrisa se nos vuelve desesperadamente enorme.



 



Dedicado a todas las bandas del mundo que aman lo que hacen, y siguen, pese a todo(s).

sábado, marzo 21, 2015



Después de tantos años nos volvimos a encontrar, lejos de todo y de todos. Era ley terminar en un bar, y así fue. Las carcajadas seguían intactas. Jamás volví a reírme tanto con una persona como lo hacía con él. Era recíproco. Extrañaba terminar agotado de estar tentado. Al fin y al cabo estábamos un poco distintos que hace un tiempo, pero aun iguales.

Tomamos cerveza. Hablamos del punk, de Green day, de los Ramones, de la banda que teníamos, de aquellos tiempos sagrados de gloria y libertad que habíamos vivido a la par. Y mientras seguíamos volando hacia atrás, de repente se quedó pensativo. Gradualmente se le borró el gesto de gracia y melancolía alegre en la cara y sentenció mirando a la nada: "nuestros amigos, o tienen hijos o están muertos". Se hizo un silencio triste. La segunda opción me hizo un eco frio en el alma. Nunca había pensado en eso. Tenía razón.

La pasábamos bien, eramos jóvenes e invencibles, pero en el fondo estábamos tristes. Para ser punk siempre tenes que estar un poco triste. Y muchos no soportaron aquella angustia. Se rindieron y cayeron en esos refugios de papel que son la droga y el alcohol. Ninguna pastilla calmó el dolor. Otros fueron más pragmáticos y directamente eligieron la bala o la soga.

Levantamos nuestras miradas brillosas y chocamos los vasos. No dijimos nada, pero brindamos por varias cosas. Por aquellos días de gloria, por los que ya no están pero están, y por lo que quedamos, peleandole a la existencia, con esa vieja tristeza todavía adentro, apaciguando las congojas con las canciones de toda la vida, esas melodías inmortales, por siempre jóvenes, y con la cresta bien parada en el corazón. Después de todo, el negro en nuestra ropa sí tenía un poco de luto.




martes, mayo 20, 2014



El exceso de pasado trae torticolis. Ya duele mucho el cuello de tanto mirar para atrás. Melancolía fuerte, fuertísima. Una foto y una canción repitiendose mil veces de fondo te detonan otra vez y decretan oficialmente lo que tanto temías: los días de gloria han pasado y ya no volverán. Los mejores momentos de tu vida hoy están atrapados en un marco, colgados de una pared. Cuanta estaticidad por dios. Revelaciones que son como patadas en el alma.

Te ves ahi, en esa foto, y te cuesta reconocerte. Tan feliz, tan joven, tan libre. Rebosante, enérgico, con los todavía mil sueños sin derrotar que añorabas cumplir, y que el mundo y tu dejadez se encargaron de espantar. Que hermosa sonrisa supiste tener.

Y llorás. Asi de repente se te quiebra la cara y te sorpende un llanto feroz cargado de impotencia. Pensás en lo que te convertiste, en los colores que perdiste, en las canas que te martirizan. Y la canción sigue sonando, siempre al mismo volumen, pero cada vez más fuerte adentro tuyo. Y te arrepentís de un montón de cosas. Darías media vida por meterte en esa fotografía y no salir nunca más. Meterte ahi, y decirle a los amigos que posan con vos, tambien resplandecientes, que diseñaste un plan para detener el tiempo en ese momento y ser por siempre jóvenes. Y alegres, muy alegres.

Recién cuando el lloriqueo cesa, te calmás, y en medio de un manto de autocompasión te perdonás un poco, le das una tregua a la tristeza. Es que, si tanto extrañás esos momentos, es porque lograste esculpir días y noches geniales en este mundo de mierda. Y eso no es poco.




martes, agosto 07, 2012


LOS DIAS PUNK.

Muchas historias tristes se juntaron para darle vida a una sola y hermosa, digna de ser contada. Eramos el punto exacto en donde desembocaban las burlas y de ellas veniamos escapando cuando nos encontramos, nos entendimos y nos unimos. Las calles eran nuestras, y en ellas forjamos nuestra amistad. Marchabamos de negro y algo desalineados pero siempre con una sonrisa como bandera. Esa, la peor remera posible para ponerse era la que mas disfrutabamos. Pequeños actos de irreverencia que amabamos. ¿Te acordás? el bautismo de fuego era hacerse la cresta.

Nos pasabamos horas y horas escuchando música, tanto, que un día nos planteamos ser parte de ese ruido violento que volaba desde aquellos cds piratas que viviamos intercambiando. Y así fue como, de caraduras, decidimos formar una banda. La mitad de los instrumentos eran prestados. Los platillos de la batería estaban colgados en el baño de la sala de ensayo, como adorno, abollados, pero a nosotros nos servían. Siempre fuimos felices con poco. La grandeza del punk radica en la inexistencia del prejuicio: no hacía falta ser un músico genial, solo bastaba con las ganas y el sentimiento.

Algunos tocabamos, otros acompañaban, pero todos disfrutabamos. Era la banda y su banda formando una gran banda. Caminar la ciudad de día y de noche, fabricando anécdotas, escribiendo nuestra historia. Cada momento era el espermatozoide  de alguna futura canción. Entendimos eso de que "la música era vida". Encontrabamos interesantes los rincones más impopulares de la ciudad, hallábamos belleza en donde el común de la gente no, usabamos lo mejor, usabamos el resto.

Aquel miedo inicial, ese que nos inmovilizaba y que no nos permitía defendernos de la hostilidad de las personas se fue desvaneciendo. Y lo poco que sobrevivía, lo ahogabamos en vino blanco con sprite, y demáses elixires mágicos creados por algún dios barrial de dudosa existencia.

Nuestro refugio era la sala de ensayo. La limpiabamos, comiamos, era nuestro lugar en el mundo. Cuatro paredes que por siempre guardaran secretos, confesiones, momentos y delirios inolvidables. Cualquier casa abandonada era un palacio en el que eramos principes, y no dudabamos en ensuciarnos las manos para buscar alguna silla, un cuadro, o cualquier elemento que siriviera para llevarlo a nuestro bunker. Era nuestro lugar y decorado a nuestra manera. Un reflejo de nosotros mismos.

Te acordás de los recitales? No faltabamos a ninguno. Una especie de ritual en algún lugar oscuro y olvidado de la ciudad en el que la tribu agradecía esa felicidad hallada, a través de esa extraña pero placentera danza llamada pogo. Al otro día nos dolían hasta los huesos, pero el alma estaba llena, intacta, reluciente.

La conclusión era tragicomica pero reveladora: nos habíamos convertidos en la clase de gente con la cual nuestros padres no querían que nos juntemos. Que paradoja, porque eran las mejores personas que había conocido. Era el clásico miedo a lo desconocido. En nuestro caso, totalmente infundado.

Pero la vida no tiene frenos y el tiempo pasó. Cada uno continuó su camino. Varios nos seguimos viendo, de hecho la banda sigue tocando y sonando un poco mejor que en aquellos días. A otros los encuentro cada tanto y a algunos jamás los volví a ver. Aun hoy paso por lugares en los que frecuentabamos, y veo graffitis en las paredes como cicatrices de momentos, no pudiendo evitar sentirme atacado por una melancolía preciosa. Pero un segundo me basta para reaccionar y darme cuenta de que esos días punk todavía no terminaron. Pudieron haber cambiado las caras, las edades, las circunstancias, pero sigue el cosquilleo en mi espalda. Las alas que alguna tarde gloriosa me habían nacido, continuan ahí, intactas. Y eso es todo lo que necesito.


jueves, agosto 02, 2012



LA REVELACIÓN


Lo recuerdo perfectamente. Fue casi una revelación. Algo adentro mío se quebró y fue lo más parecido a una liberación.

Soñé despierto que los ojos punzocortantes de alrededor miraban sin ver, y no tuve más que cerrar los míos. Cerrarlos para ver que no veían, que eran un todo que al fin y al cabo no era nada. Una especie de pseudo-fórmula matemática para suprimir el "que dirán": los demás eran lo de menos.

Una melodía deliciosamente sucia comenzó a volar desde ese cassette. Una epifanía adolescente que gritaba entre líneas "Do it yourself". Lo comprendí, lo incorporé, y sentí que no estaba solo, sino que estaba acompañado, muy.

Era algo tan simple como decidir pintar mis días del color que más me gustara. Descubrir que no solamente existía una avenida principal, sino miles de calles suburbiales, periféricas, de tierra, que conducían a otros lugares no convencionales, misteriosos y atrapantes. Alguien supo decirme que eran el camino escondido a la felicidad. Me sorprendí, después de todo no estaban tan ocultos. Sonreí.

En ese mágico momento sentí un apacible cosquilleo en mi espalda. Fue el día en el que me nacieron alas. Y ya nada volvió a ser igual...



martes, marzo 06, 2012

Daniel era de esos tipos que son buenos tipos. Hijo de padre fugitivo y madre mártir, vivía sus días con la humildad como emblema. Le había tocado una de esas vidas en subida, bien propias de los luchadores empedernidos.

Recuerdo que lo conocí en el jardín de infantes y luego volvimos a cruzar caminos en séptimo grado. Alumno aplicado si los había, un siete en un examen más de una vez le produjo lágrimas que solo percibían los más observadores; él siempre buscaba más. Callado, introvertido, misterioso, solía cruzarlo siempre por la calle porque eramos vecinos. En la postal del barrio jamás faltaba su madre yendo o viniendo en su bicicleta cargando con desamores y frustraciones, pero siempre firme, dispuesta a llevar el pan a la casa, para mantener a Daniel y a su pequeña hermana.

Nunca voy a olvidar aquella tarde de verano en la que pasamos por su casa para invitarlo a ir a la pileta, era la primera vez que lo hacíamos y su sorpresa fue instantánea al vernos en su puerta. Rápidamente aceptó, pero luego se lo notó dubitativo, intentando ocultar lo que después trataría de explicar a pesar de su vergüenza: no tenía plata para pagar la entrada al club. Le dijimos que no se hiciera problema, que nosotros le prestaríamos
, y enseguida sacó su vieja Gracielita para partir con nosotros, pedaleando al compás de las monedas en el bolsillo. En vez de mochila tenía una bolsa de nylon, en vez de toallón tenía una toalla chiquita, pero sus ganas de pasarla bien eran tan enormes como las nuestras, y lo demás no importaba.

No conocía mucho de él, más que sus silencios, su soledad y su dedicación. Supe también
, que durante esos días Daniel había empezado a escribir un cuento en su computadora, y que estaba muy contento haciendolo. Pero no mucho más.

Aquel extraño febrero lo encontró, como siempre, ayudando a su madre. Mientras ella no estaba, el hacía una torta para festejar su cumpleaños a la noche, en familia. Recuerdo a mi mamá comentándome que lo había encontrado esa mañana en el almacén
de la esquina comprando quince velas.

Todo estaba listo para la velada con su madre y su hermana. Había cocinado y ordenado su casa. Mientras la niña jugaba en la vereda, él se preocupaba por limpiar el piso: todo tenía que estar intacto para cuando su mamá llegara de trabajar. Secador en mano, mojó un trapo y se puso a fregar.

Un segundo violento, un error, agua y electricidad. Su cuerpo se convirtió en infierno y el corazón no le resistió. Su hermanita entró a la casa, lo vio tendido en el suelo y le avisó rápidamente a su vecino que Daniel "se había quedado dormido en el piso". Solamente él sabe que pasó. Su madre se bajó de la bici, y a partir de allí nunca nada fue igual.

A la mañana siguiente mi mamá me despertó con la triste noticia, y no lo pude creer, la muerte era algo demasiado lejano y extraño teniendo quince años. Recuerdo que entre sus compañeros de curso se organizó una colecta para cubrir los gastos del sepelio. Yo no fui a despedirlo, jamás pude soportar los velorios, y menos, las injusticias.

Suelo pasar por el frente de su casa, caminando lento, pensando en lo cíclico de esta vida, en ser luz entre dos oscuridades, en nacer y morir el mismo día, en vivir entre dos febreros. A veces veo a su madre pedaleando firme contra el viento, contra la vida, como siempre lo hizo y no puedo evitar suspirar. Cada vez que miro su puerta me cuestiono si la bondad no cabe en este mundo, si la muerte es tan caprichosa como parece o si simplemente la desgracia llega porque si. Intento espiar por la ventana, con disimulo, buscando esos cuentos que se habían empezado a escribir, indignado por la tragedia que significa que queden por la mitad, y me pregunto, impotente, como hubieran seguido...





viernes, febrero 25, 2011







Por aquellos días si que el calendario estaba agitado y los hechos querían, impiadosos, apropiarse de ese mes. Germinaban guerras lejanas en el mundo, agonizaba algún que otro escritor, florecían revoluciones en algún rincón, mujeres se transformaban en reinas, nacían nuevos ríos de sangre y se seguían fabricando y vendiendo bombas.



Y aunque el mundo girara como tornado, no lo ibamos a permitir, no, ese febrero era nuestro...