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viernes, enero 06, 2017




Soy un caos por dentro, lo admito. También el mundo es un caos aun peor. La diferencia es que yo a mi propio caos suelo comprenderlo, pero el mundo, el mundo me excede. No es un lío de mi propiedad.

Marianela reflexionaba sobre embrollos propios y ajenos en el colectivo camino a su trabajo. Eran epocas de soportar, de cambios abruptos, de pronósticos poco alenatadores. La congoja se refugiaba en ella hacía mucho tiempo. Había comprendido que todo en esta vida está desordenado, que vivimos en un desparramo de sentimientos, gente y experiencias que viven taladrandonos el alma cada béndito día.

En sus auriculares comenzó a sonar una canción. Esa canción. Por la ventanilla el sol nacía una vez más, el cielo ardía naranja. De la nada los ojos se le humedecieron y sintió su vida entera metiendosele en el pecho. Sonrió tenue. Todo calzaba justo. Todo armonizaba: la canción, la vista, sentir. Una paz algo intrusa le cerró los ojos. Entendió entonces que todo caos tiene su tregua, que de vez en cuando al mundo se le da por apiadarse y que en esos pocos segundos todo cobra sentido, todo vale la pena.




lunes, junio 06, 2016



La Jungla de Santa Julia es un lugar complicado desde que se entra hasta que finalmente se logra salir de allí. Uno no sabe muy bien como es que llega, ni cuanto va a tardar en salir ¿Se sale? ¿Se escapa?.

Sus aires de nocturnidad dan la sensación de encontrarse en una noche eterna. Debido a la tupida vegetación que alli nace y crece no puede verse el cielo. Rara vez un rayo rebelde de sol logra vencer a las copas de los arboles. Santa Julia es un lugar muy frío, y gran parte se debe precisamente a esa falta de sol.

Hay quienes dicen que una vez inmerso en esta selva de peligros constantes uno no vive, sobrevive. Peligro de morir de frío, por depredadores, por resignación, por cansancio. Este sitio no es la excepción: acá tambien rige la ley de la selva.

La leyenda cuenta que vista desde las nubes, la jungla está llena de pequeños puntos brillosos. Son fogatas desparramadas por toda su existencia. Alrededor del fuego uno puede encontrarse con un solitario perdido, o con varias personas compartiendolo. Son las unicas esperanzas para poder continuar. Pequeños soplos de luz y calor en lo mortífero de la oscuridad. Arden las llamas como refugios que provocan la amnesia del alivio: por un momento uno olvida que se encuentra en un lugar tan hostil. ¿Por que están allí? ¿De donde salieron?  A veces, con paciencia, troncos y callos en las manos uno puede darles vida. Otras veces simplemente aparecen.

Pero existe una tercera opción. La temida. La que no tiene respuesta. ¿Cuanto duraran ardiendo? ¿Que sucederá si se apagan?, o, quizás, la duda más peligrosa: ¿Y que si uno recorre cada kilometro de jungla y jamas encuentra el fuego?




martes, marzo 29, 2016




Me gusta contemplar los árboles, perderme en lo alto de las ramas anárquicas que anhelan el cielo y quieren llegar al sol. Las que cobijan nidos son mis preferidas, están llenas de futuros y melodías. Pero cada vez que miro los árboles termino pensando en la semilla, en los brotes, en el tiempo, la paciencia. Me descubro con los ojos cerrados.

No me canso de mirar el cielo. Y aunque cada mediodía me maraville con el firmamento  único e irrepetible, me pierdo en el pájaro que cruza mi campo de visión volando veloz el celeste profundo. Concentro mis pensamientos en él, surcándolo, tragandoselo, y puedo sentir como me crecen alas por unos segundos atacándome la sensación de que en ese momento placentero es el cielo el que quiere venir a mi y no al revés. Ya está unos centímetros más cerca, lo se.

Entonces no puedo evitar pensar en la chispa atrevida que da paso a la fogata, en la primera gota de lluvia que inaugura la tormenta que le dará otro color a la ciudad. En el primer beso de dos futuros amantes.

Creo, al fin y al cabo, en las revoluciones individuales en pos de las colectivas. En el regocijo vibrante de ese primer pensamiento inquieto que fecunda la mente y el alma. Creo en lo revolucionario de la música y los libros, en su poder transformador, en esa alarma que es el arte para despertarnos de la somnoliente pasividad que nos invade. Será por eso que escribo canciones e historias. Será por eso que me dejo atravesar por ellas. Y esa es mi lucha, mi calma, mi razón.





domingo, enero 24, 2016




Después de tanto andar y andar, después de caminar durante días, años, me encuentro perdido en el barrio del fin.

Pregunto si existen mapas, pero sus residentes me contestan que no, que no hay instrucciones para manejarse en este lugar. Cada uno hace lo que puede. Todo es encrucijada: las calles son cortadas que derivan en un callejón sin salida. Deduzco que es difícil escapar. Me pregunto por enésima vez como fue que llegué hasta acá.

Un constante olor a cloaca caracteriza el lugar, como si todo el tiempo estuviese pudriéndose algo. Las casas son viejas, desgastadas, con paredes despintadas y revoque caído. Abundan linyeras sentados en los cordones de las calles, bebiendo océanos de alcoholes: los observo y no paro de pensar  en los hermosos ayeres de los que probablemente hayan sido dueños, ayeres que un día terminaron abruptamente para convertirse en un hoy denso, apesadumbrado, áspero. En el barrio del fin, el presente no es un regalo precisamente. Los miro y me miro. Mejor no miro.

En mi incansable búsqueda de salidas no paro de patear trizas, las veredas están repleta de restos, fragmentos hechos polvos, alguien me dice que lo que estoy pisando son alas rotas. Siento escalofríos. ¿Que demonios es este lugar?. A veces tengo la sensacion de que ya estuve mil veces acá, sin embargo no termino nunca de descifrar este extraño mundo.

De repente me encuentro ante una ruta, excepción fantástica después de tanta callejuela inmunda sin salida. Un cartel anuncia que estoy al final del final. Miro hacia adelante y veo un vasto y enigmático horizonte. Tengo miedo. El barrio del fin era incomodo pero no tanto como el hecho de decidir cambiar.

Doy un primer paso temeroso, vuelvo a mirar la ruta. Doy otro paso, termina el final ¿Y ahora que viene?







lunes, noviembre 23, 2015



Aquella medianoche en el acantilado me preguntaste si amaba al mundo o si lo odiaba. Que me veías confundido, dubitativo, bipolar, torturado por una dicotomia permanente. Mis ropas negras, mis ganas de conquistar cada rincón, mi corazón de barro, mis esperanzas de flama eterna. La respuesta no era poca cosa asi que pedí un tiempo para responderla. Realmente yo tampoco lo sabía.

Durante esos días anduve todo lo que pude, caminé el mundo, lo observé, lo abracé, lo escupí.  Fui anotando en una bitácora las experiencias, todo lo que me rodeaba.

La música y la guerra.
Los perros y la muerte.
Las verdades, las mentiras.
Los besos electricos, los abrazos muertos.
Los voluntarios, los corruptos.
La paz y el regocijo de los viajes. La distancia implacable.
El amor, la indiferencia.
El fútbol, las torturas.
La lluvia, el viento y los hijos de puta.
Los heroes, las religiones.
La naturaleza, las cartas rotas.
Las delicias, la violencia.
El fuego, los terremotos.
Los niños, la vejez.
El sexo y los suicidas
Vos.
Yo.
Ellos.

Pasó un largo año desde que nos volvimos a ver, exactamente en el mismo lugar que aquella vez. Esbocé mi respuesta, la esperabas ansiosa. Soy cambio, soy contradiccion, soy evolución. Amo al mundo? Si. Odio al mundo? También. No puedo amarlo todo el tiempo, no puedo odiarlo todo el tiempo. Soy sensible, permeable al entorno, nada implacable. Soy parte de mi alrededor, soy ese alrededor, y a veces soy precioso, y a veces no tanto. Yo también soy el mundo. Clara, mi vinculo con el mundo es una intensa relación de amor/odio, diría que en partes iguales. Este lugar puede ser el cielo, como vos pensás, pero también el infierno más feroz. Fue quien me dio la vida, será quien me la quite.

Asentiste no muy convencida, como no creyéndome demasiado. Poco te duró lo agridulce de mi respuesta. Una sonrisa victoriosa comenzó a nacerte mientras yo miraba la luna distraído y fascinado.



viernes, octubre 16, 2015



Llega de repente la claustrofobia y caigo en la cuenta de que pasó otra vez. De cuando en cuando el destino se encarga de encerrarme en un frasco. Y esta historia ya la conozco.

El vidrio se empaña de suspiros, todo es difuso, no puedo ver nada claramente, ni escuchar lo que proviene del exterior. La tapa allá arriba está invenciblemente cerrada, me olvido de ver el cielo. La luz del sol me llega apenas tenue y el frío comienza a hacerse costumbre.

La vida sigue transcurriendo allá afuera, pero yo me siento en pausa. Temo terminar igual que aquellos amigos que no sobrevivieron al frasco, y que de tanto llorar alli sucumbieron, ahogándose en su propia marea de lágrimas.

Conozco la fórmula para escapar, la aprendí de la experiencia, pero depende de la paciencia, la fuerza y algo más que aun no logro descifrar. Consta de romper gradualmente con lo hermético, varias patadas diarias. A su vez ir haciendo pequeños agujeros en la tapa, para que puedan colarse los rayos del sol, los sonidos, el aire salvador, y entonces si, juntar fuerzas, renovarse y llegar al maravilloso día en el que uno rompe el vidrio de una brutal patada final: por fin el mundo externo tira más que el interno. Entonces el frasco estalla, y uno se astilla cuando se fuga y sangra un poco, y duele, y el viento vuelve a pegar en la cara, y el mundo vuelve a expandirse inmenso, infinito, precioso.

miércoles, septiembre 23, 2015



Finalmente implementó la regla de los tres segundos de la que tanto le habían hablado. Contó hasta tres, respiró profundo y le dijo todo. Asi, de sopetón. Su corazón dejó de ser un oscuro depósito de verdades estancadas durante meses. Su cara siempre fascinante demostraba sorpresa, aunque no le creyó demasiado. Fueron 5 minutos violentos, o seis años de silencio, nunca lo supo muy bien. Ella lagrimeó. El bajó la mirada. Las cosas no estaban saliendo como esperaba. O si.


Ella se retiró de la escena y empezó la cuenta regresiva más cruel. Su esperanza medía exactamente cien metros, la distancia hasta la otra esquina. Se quedó observándola, pocas veces había estado tan triste. Rogaba que ella se diera vuelta, que corriera hacia él y que sus ojos le gritaran redención, para luego sellar sus destinos en un beso. Los metros pasaban, y ella caminaba, cada vez más despacio, quizás sin darse cuenta, como si los pasos le dolieran. Una especie de suspenso embustero.

Finalmente ella llegó a la esquina y dobló. Nunca giró hacia él y la perdió de vista. Derrotado, se quedó un buen rato en el mismo lugar, inmóvil, insoportable, agotado. Comprendió entonces, que los corazones mas fuertes, más libres, eran a prueba de mirar hacia atrás.


martes, septiembre 15, 2015



Pensaba mientras guardaba la guitarra en el estuche. Pensaba en como 20 años habían pasado tan jodidamente rápido. Aquella lejana tarde habíamos descubierto una pasión y no lo sabíamos. 


Ademas de estar aturdido por el volumen de la distorsión (siempre tocamos muy fuerte, demasiado) también lo estaba por los recuerdos. Pasamos por tantas salas de ensayos, desde las mas sofisticadas, hasta las más precarias y cavernosas. Fuimos a mostrar nuestra música a tantos bares, tomamos infinitas cervezas, conocimos mundos de gente. Grabamos tantas canciones, tantas otras murieron en el intento de llegar a ese limbo llamado disco. Les hicimos temas a los mismos amores a los que después despediríamos con otros temas un poco más tristes. Las personas reviven las etapas de su vida con álbumes de fotos, las bandas con discos. 

Vimos nacer a las nuevas generaciones de punks, vimos caer tantos disfraces en el camino, observamos morir tantas apariencias. Solo quedamos los que lo hacíamos con el corazón. Cambiamos tantas veces de instrumentos, discutimos tanto, perdimos tanta plata, agonizamos tantas veces pero nunca terminamos de morir y siempre estábamos resurgiendo, enchufando otra vez los instrumentos.

Un tren de pensamientos en solo algunos segundos. Finalmente cierro el estuche y los miro. Ahi están mis compañeros de ruta y aventuras, con la misma alegría en los ojos que aquellas tardes de juventud eterna, con las mismas ganas de ser feliz haciendo música, aunque la fama no llegue: ¿que importa que las mansiones sean de otros si las canciones son nuestras? Estamos más pelados, un poco más gordos tal vez, pero con el corazón intacto. Eso si, cuando la primera nota de cada ensayo empieza a sonar, automáticamente adelgazamos, tenemos más pelo, se nos gastan y achican un poco las remeras, se nos rejuvenece la voz y la sonrisa se nos vuelve desesperadamente enorme.



 



Dedicado a todas las bandas del mundo que aman lo que hacen, y siguen, pese a todo(s).

lunes, junio 15, 2015



Todo empezó escuchando Punk Rock. La música fue la puerta, otra vez. Una palabra se repetía insistentemente en esas melodías supersónicas. Al compás de gritos descarnados una letra "A" intentaba escapar de un círculo sofocante, despedazando los límites que no la dejaban crecer. Un nuevo mundo asomaba a mis días.

Empecé con Bakunin que me ayudó a hacer añicos dos conceptos en los que nunca había creído demasiado: dios y el estado. Así, en minúscula; siempre preferí escribir con mayúscula solo lo significativo para mi. Vagaba por las calles con aquella remera negra con las mangas poco prolijamente cortadas por mi y la A roja bien pegada al corazón.

Los fanzines estaban siempre desparramados por mi habitación: las voces de cientos de anónimos gritaban sus ideas incendiarias en papel fotocopiado queriendo construir un mundo mejor. Y me convencieron. Fui un adolescente convencido de que a través de la anarquia se podía levantar otra sociedad más justa, noble y sincera, sobre los restos de una civilización completamente podrida. Pero entre el dicho y el hecho, la teoría y la practica, estaba incrustado el ser humano, con su inercia destructiva y su voraz apetito por el poder. No había anarquía ni igualdad posible con tantos hijos de puta deseando someter. Siempre alguien queriendo dominar, la historia en bajada de la humanidad.

El tiempo, las vivencias y la realidad brutal hirieron de muerte a mi idealismo. Me encontré con mis utopías sangrando, desorientado, preguntándome a donde me llevarían todos esos libros de anarquía leídos en mis ratos libres, de que me habían servido todas esas horas devorándolos a sol y a sombra. Muchos años pasé perdido y sin respuesta.

Sumergido en el barro de mi más profunda crisis existencial y después de meses de lágrimas y pensamientos histéricos pude resolver el misterio. Estuvo adentro mío todo el tiempo. Sentía que había estado dormido tantos inviernos, pero aquella tarde desperté. Los libros me despertaron de un cachetazo. Aquel camino de frases románticas sobre paz y autogestión, aquellas ilusiones adolescentes y desilusiones juveniles fueron el recorrido obligado y necesario para entender en todo su esplendor el concepto de libertad. La libertad era la base para toda hermosura posible y la anarquía había sido el largo y pedregoso camino hacia su descubrimiento, hacia el auto-descubrimiento. 

Comprendí entonces que la anarquía le quedaba un poco grande a la maldad de nuestros tiempos, pero cabía justo en mi corazón, y que las reglas por crear y romper vivían adentro mio. No había mas autoridad que yo mismo. Supe entonces que la anarquía quizás nunca sanaría a este mundo porfiado, pero me había transformado a mi, mejorándome, haciéndome crecer y evolucionar. Y eso, de alguna manera, también era cambiar al mundo, aunque sea de a poquito.







martes, abril 21, 2015


Azoté la puerta con rabia explosiva y me fui. Solo duré treinta segundos caminando. Me nacieron unas incontrolables ganas de correr. Mientras mas quieto tenía el cuerpo, peor era, estaba horriblemente nervioso. Asi que corrí. Corrí cada vez más rápido. Apretando los dientes. Corrí con la angustia como motor. Y lloriqueaba mientras huía. De vez en cuando gritaba. Era extraño, el cansancio físico nunca llegó. No sentía el cuerpo, solo la tristeza y la adrenalina del escape. Corrí por horas, días, meses, quizás años. El viento me secaba las lágrimas. Calmaba mi sed tomando del vaso que había rebalsado.

No tenía idea de hacia donde me dirigía. No seguí indicaciones, mapas ni carteles. Solo corrí. Corrí hasta el fin. El fin de algo, de alguien, no se. Florecían ampollas en mis pies. Marchaba roto: las zapatillas, la ropa, el presente. La gente me miraba raro. No me cambiaba en nada. En realidad, la gente siempre me miró raro. Eché un vistazo hacia mi costado, dejé de concentrarme en el escape en si mismo para revisar donde estaba parado. El paisaje anónimo que me rodeaba era distinto. Los árboles habían aumentado su cuantía. El viento y la hierba olían de otra manera. Los rostros eran nuevos y desconocidos. Sentí un poco de miedo, y mucha incertidumbre. Pude percibir a mi agonía agonizando. Después de no se cuanto tiempo, por fin me detuve.

Tomé aire, volví a mirar a mi alrededor. Me pregunté: ¿y ahora que?. Era la pregunta que había estado buscando sin saberlo, el sentimiento de por fin haber apagado mis infiernos. Ya no había nada, estaba en blanco, casi como nuevo, y eso significaba un principio, otro principio. Estamos llenos de principios.  Y entonces, en vez de comenzar a correr de nuevo, caminé, muy despacio, lento, casi paseando, observándolo todo, tocándolo todo, oliéndolo todo, calmo pero hambriento, como quien no para de buscar la novedad.




jueves, diciembre 11, 2014


Lentejuelas, colores y magia. De eso está hecho el vestido de princesa que le regalaron a Daiana por su cumpleaños número cuatro. Y corre por toda la casa luciendolo, y grita algarabía cuando descubre su deseo de querer vivir su vida entera asi, siendo una princesa por siempre.

Su fotografía con el vestido de sus sueños la observa siete años después desde su mesita de luz, lagrimeando por el chico que le vapuleó el corazón con ese No. La almohada mojada y la ilusión en pedazos. Daiana descubre que las princesas también lloran.

El espejo le carcajea. El pantalón no quiere entrar. Otra vez derrapa en sus curvas aunque no sean tan pronunciadas como ella quisiera. La sociedad la estrangula y ayuda a construir la arcada que ella misma se induce con sus dedos ensalivados. Daiana reposa en el inodoro, suspira y descubre que las princesas también vomitan.

Las cinco de la mañana es la hora exacta de la desazón. Esa noche no fue como en sus sueños. Solo quedan soledades bañadas en tequila. Está sentada contra la pared, con el maquillaje corrido y la cabeza entre las rodillas, insoportablemente sola, Todo su mundo se limita a una esquina vacía. Daiana observa sus zapatos salpicados y descubre que las princesas también se emborrachan.

Otra noche de horror hogareño. De nuevo él llega con olor a ginebra y descarga toda la rabia del mundo en su cara y en sus adentros. Sus piernas flojas ya no intentan defenderse y abren el paso a otra tragedia más. Cierra los ojos, aguanta sus nauseas. El ahora duerme y Daiana le da la espalda, se toca la boca, mira su mano y descubre que su sangre no es azul. Su principe tampoco lo es.

Una tarde cataléptica finalmente estalla. Abre el placard y en un ataque de nervios destroza el viejo vestido de princesa, que cae al suelo convertido en retazos.
Pega un portazo y huye. El nunca más le da alas y corre rápido, llorando y pensando que aquella realeza de su infancia, quizás, no era tan real después de todo.

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En cada caricia siente cicatrizar todas y cada una de sus heridas. 
En cada abrazo se siente protegida, y piensa que no hay castillo o foso repleto de cocodrilos que la pueda defender mejor de cualquier amenza, que su pecho estrellandose con el suyo.

Ambos cenan el manjar que él preparó y observan corretear a su pequeña hija, por el comedor con un traje de princesa remendado, mientras se sostiene la corona que se le tambalea por la euforia en sus movimientos. La sigue con la mirada y siente que le cosquillean los ojos a punto de llover.

Le da un beso en la mejilla a su marido y se dirige al baño. Se mira al espejo y se centra en la luz clara que tienen sus pupilas. Después de muchos días de penumbras, por fin amanece una sonrisa de reina en su rostro. Y entonces, Daiana descubre que ya no queda reino por conquistar.




martes, junio 17, 2014


No hay quien resista vientos tan fuertes. Días y noches enteras de pura agitación insoportable entre tempestades y chaparrones. Las inclemencias no cesan, no paran un maldito segundo. El encierro es el nuevo estilo de vida frente a la hostilidad del exterior. Cualquier tipo de aventura quedó ahogada, anulada y solo queda sentarse a mirar lo dantesco de la situación, lo débiles que somos ¿ Como podemos rompernos tanto y tan fácilmente?

Escombros, restos,  y barro. Lo que se erigía invencible hoy se redujo a trizas. Todo es oscuridad, no asoma ni una luz de esperanza, solo la de los rayos. Y mejor dejar de llorar para que las lágrimas no ayuden a que el agua siga subiendo, aun mas.

El solo hecho de volver a empezar aterra. Apenas pensar que todo el dolor de la pérdida puede llegar a repetirse algún día, provoca que el primer paso se convierta casi en una utopía y media. Y entonces... ¿Para que volver a intentar si todo tiende a la destrucción? Es el maldito espiral asesino, cuyo centro es la nada furibunda.

Hasta que un día cualquiera, sin más y de repente, el golpeteo de la lluvia disminuye de a poco hasta llegar al mas aliviador de los silencios. La música de los pájaros regresa, y con ella la armonía. Los estruendos ya no amenazan, y lentamente escampa. Asi que esto era la paz. La puerta por fin se abre y es imposible no pelearle al sol de frente para contemplar el azul precioso del cielo, más intenso y radiante que nunca, como quien descubre que, por fin, se ha curado de las tristezas, y siente el voraz apetito de salir a comerse el mundo.



lunes, junio 02, 2014



Canciones que abrazan. Canciones que te recuerdan lo equivocado que estás. Canciones que son decisiones. Canciones sanadoras. Canciones que acompañan. Canciones que acarician. Canciones tan hermosas que hacen bailar a la mas porfiada de tus tristezas. Canciones para los días de lluvia. Canciones para los días de sol. Canciones que te reconstruyen. Canciones que te desarman cuando te pensabas reacomodado. Canciones que son personas. Canciones que son momentos. Canciones que te rompen el silencio mas atroz. Canciones que son lugares. Canciones mágicas. Canciones amigas. Canciones que son tan intensas, que ya no las podés escuchar. Canciones eternas. Canciones que son el camino. Canciones envalentonadas que quieren cambiar el mundo, y lo logran. 



domingo, mayo 11, 2014



Un nuevo día de escuela, una nueva marca en mi muñeca. Como se acostumbraba en aquellas épocas, los profesores me ataban al pupitre mi mano hábil, la izquierda, para que aprendiera a escribir con la derecha, "como el ser humano normal", "como la mayoría de las personas" justificaba la maestra con su rostro agrio y mirada perturbadora que hasta el día de hoy recuerdo y que se que nunca se me van a borrar de la mente. Claramente yo y un unos pocos compañeros más eramos una excepción bastante molesta.


Y asi, a la fuerza, aprendí a redactar con la derecha. Llegué a tener un trazo preciso, impoluto, recto. Cada frase se amoldaba perfectamente al renglón, sin moverse ni un centímetro de él. La hoja era una oda a la prolijidad, pero fría. Y eso me aburría sobremanera.

Harto de lo uniforme de mi caligrafía me propuse que todas las noches en mi casa empezaría a utilizar y ejercitar mi abandonada mano izquierda, incluso sin que supieran mis padres ya que tampoco estarían de acuerdo. Me quedaba hasta altas horas de la madrugada copiando párrafos de cuentos de Julio Verne. Un tiempo después, comencé a escribir mis propios textos, una recopilación de vivencias y poemas tórcidos, ilegibles, caóticos, todos con la izquierda. Los renglones eran una mera formalidad olvidada por mi. Mi lápiz bailaba hacia arriba y hacia abajo, de un lado a otro, en diagonal. Las letras eran locas y deformes, rebeldes, siempre distintas, el papel era una fiesta.

Socialmente era conocida como "la siniestra", pero lo cierto es que mi mano izquierda se había convertido en un escape a las aburridas mañanas de colegio tomando apuntes con mi insulsa mano diestra mientras mi mano izquierda reposaba amordazada, desesperada por salir a volar oraciones.

Recuerdo que fue en la clase de historia. Me sentía tan anti-natural que me saturé y exploté. Mientras la maestra escribía en el pizarrón aproveché y corté disimuladamente con mi tijera la soga que aprisionaba a mi querida zurdita. Las horas de colegio se volvieron adrenalínicas y aventuradas. Simulaba escribir como el resto, pero en cada descuido de todos tomaba mi lapicera y sacaba a bailar a mi mano izquierda a escondidas. Era clandestino y no me importaba en absoluto. Esos pequeños momentos de alegría me duraron unos pocos días, como bien establecen las leyes de la tristeza: la alegría será fugaz, o no será. Barraza, un compañero con el que francamente me llevaba horrible me descubrió y el muy hijo de puta me delató con la maestra, que me tomó violentamente de la oreja con sus manos ásperas y me arrastró hacia el rincón del aula, Una vez allí me aplicó el exacto y cruel número de 57 varillazos en la parte trasera de mis piernas, en frente de toda la clase.

Llorando y con las piernas coloradas corrí hasta mi casa, me encerré en mi habitación y con los dientes rechinando de furia escribí los poemas más hermosos y rabiosos del mundo. Mi zurda era un torbellino, moviendose para todos lados. La tinta era combustible y mi papel un fuego resplandeciente que no se apagaba, incluso a pesar de las lágrimas que caían arriba de las palabras recién nacidas de mi injusticia. Los versos eran desalineados y estremecedores, y en un segundo sentí una pausa de calma silenciosa, un alivio que precedió a una revelacion: Caí en la cuenta de que mi caligrafía con la mano izquierda había llegado a ser muchisimo más preciosa que la que lograba con la derecha, aun con sus imperfecciones tan características. Algo la hacía deliciosamente armoniosa. Me sentí victorioso.

Han pasado más de cuarenta años desde que era aquel niño joven y descarado, los tiempos cambiaron bastante aunque algo en mi se mantiene intacto. Todas las mañanas me despierto con un dolor feroz en mis piernas, puedo sentir la varilla azotandome sin compasión ni sentido intentando corregir lo que yo jamás quise corregir. Pero cada vez que ese dolor ataca, empuño un bolígrafo con mi mano izquierda, lo tomo bien fuerte, y empiezo a escribir mis poemas torcidos. Y entonces, el ardor cesa, al menos por unas horas.





domingo, mayo 04, 2014


¿Y si nos estamos censurando?

Claro que quema. No hay infidelidad más dolorosa que la infidelidad a uno mismo. Es el error esencial, el pensamiento terminal, es (di)simular en vez de vivir.

Queres escapar por tu boca, por tu ropa, por tus gestos. Intentas la huida en cada movimiento. Pero todos esos pares de ojos no te dejan, te chocás contra tu piel y las canciones alegres se te mueren adentro. Esas lenguas parlanchinas te rompen la paz, son el encierro más penoso. Y tus oidos tienen la culpa, también.

No lo recordás. Olvidaste lo que nadie te enseñó. ¿Te acordas? Tu vida es tuya. Por favor, no te conviertas en eso, que no hay ser más desventurado que el que quiere encerrar a la libertad. Y ahi adentro tenés el circo más triste de todos, con el corazón derrotado observando todo desde el palco.

Y escondés el intento de fuga, con la minuciosidad de un preso cavando el túnel para llegar el cielo que lo espera. Pero el cielo no puede esperar. Entonces unos pocos, los más observadores y amorosos te descubren el escape en los ojos, que se te escurre casi en cuentagotas como un brillo opaco, y con una sonrisa cómplice te apuran, te muestran el camino. El otro. El del cartel en la esquina con tu nombre borroneado. El pantanoso, el de barro, que se termina secando, después de tantos días de sol. Y entonces, ya no pesa tanto caminar.




miércoles, enero 22, 2014



Un perro puede estar rengo, ronco, ciego, hambriento, descaderado, sordo, encandilado, roto, puede sacar la lengua porque está cansado e inventarse otra para lamerse; puede ser un hotel lleno de parásitos, puede llorar, aullar, desconsolarse, saberse animal y doméstico, puede no tener dios a su perruna imagen y semejanza, ni virgen maría; ni saber la hora, ni saber el año, ni saber si el frio está afuera o en sus huesos, ni saber si aquello que lo pateó es el diablo; puede entender catorce palabras de hombre, y entender que un año para él son siete años y que la muerte llega así más pronto; un perro puede estar mal, horriblemente mal, a punto de morirse, pero igual- si lo llamás con ganas- agarra y viene y te arma fiesta y te mueve la cola y se te queda al lado, por las dudas que vos estés más triste.




Hernán Casciari

lunes, enero 06, 2014



31 de diciembre. 23:57

Las copas ya están llenas. Los estruendos comienzan a ser cada vez más fuertes y repetidos. Las calles, milagrosamente, están desiertas, descansando de las bestias de metal y de las de carne y hueso. La gente se toma una pequeña tregua de los 364 días anteriores de furia, desesperanza y bullicio. El reloj marca las doce y la esperanza tan vapuleada, como por arte de magia, vuelve a renacer en medio de abrazos, besos y deseos de buen año. Una sinfonía de vidrio oficia de banda sonora mientras cada uno de nosotros se siente envuelto en un intruso optimismo, convencido de que el que viene será un año mejor. Cada rostro exhibe una sonrisa y una mirada de ilusión.

1 de enero. 00:05

Agoniza el brindis. Todos damos un buen sorbo para completar el ritual. Me alejo de la mesa con mi copa en la mano, todavía queda un poco de champagne en su interior. Subo a la terraza para contemplar el cielo estallando en mil colores distintos. Miro hacia la calle y veo pasar corriendo a un perro desesperado por querer escapar, inútilmente, de las explosiones ensordecedoras de las bombas y los petardos. Desde la vereda de enfrente un chico de ropas rotas y zapatillas abiertas lo sigue con la mirada, mientras come pochoclo frío de una bolsita. Es su manera de recibir el año, brindando con nada y con nadie. Intenta cruzar la calle pero se frena de repente porque una camioneta pasa casi a la misma velocidad supersónica que el perro asustado, ignorando por completo la luz roja del semáforo. 

1 de enero. 00:07

Mi copa está vacía. Las esperanzas me duraron 10 minutos. Ya somos caos de nuevo.






miércoles, marzo 20, 2013

 "Ellos son el capitán, pero nosotros somos el mar"


"Democracia SA"


"La humanidad necesita humanidad"


 "Votábamos a los que nos daban asco para evitar a los que nos daban miedo"


"Cuando los locos seamos más, los locos serán ellos"


"Dios ama a los pobres... ¡Cómo sería si los odiara!"


"No llores por un mundo que lucha: lucha por un mundo que llora"


"Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto"


"No puede volver a dormir tranquilo el que alguna vez abrió los ojos"


"El que esté libre de mercado que tire la primera piedra"


“A la puta calle”, me dijo el jefe, y eso hice: aquí estoy"


"El futuro es de los intensos"


"Pienso, luego resisto"


"El político, el mejor amigo del hambre"






La indignación como lema, como efecto dominó, como semilla regada por la lucha. Ya se ven los primeros brotes de la utopía, se oye la más bella de las explosiones. Algo está cambiando...




lunes, febrero 04, 2013


Pensaban que iban ganando.

Pensaban que pisando las flores se iba a acabar el aroma; que amordazando, las ideas morirían encerradas, asfixiadas.

Pensaban que a la libertad se la podía masacrar de un disparo, ahogándola, pateándola. Que poco la conocían.

Supusieron que escondiendo la mugre bajo la alfombra saldrían victoriosos, pero tanta basura acumulada tornó el suelo incontrolable, y comenzaron a tambalearse.

Y aquellas canciones prohibidas, aquellos acordes clandestinos siguen sonando hoy; todos esos libros lanzados al fuego continúan ardiendo, pero en nuestras mentes y corazones.

Nunca fueron capaces de entender que toda lucha trasciende el cuerpo. Que hay ciertas cosas que el fuego no quema, que no todo muere. Cometieron el error de confundir debilidades con fortalezas.

Pensaban que iban ganando. Pero no.



jueves, diciembre 06, 2012