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miércoles, enero 21, 2015



Amsterdam huele a discoteca. Un coctel de olores nocturnos le da la bienvenida a cualquier novato que pise esas callejuelas por primera vez. El aire es denso y se refugia en cuanta nariz divise: marihuana, sexo y jolgorio viajan directo a los pulmones. Las putas llaman desde sus vidrieras a los turistas ávidos de revuelque que pasean por el Boulevard de la lujuria. No hay lugar para la inocencia en la verdadera ciudad del pecado, la aldea de las miradas perdidas.

Todo ese ovillo de locuras está metido dentro de una ciudad medieval, en donde las campanas suenan a cada instante, llevando a quien las oye a dar un paseo por el medioevo europeo. Calles empedradas que se confunden con veredas, turbas de bicicletas pidiendo paso y barcos zigzagueando por las venas urbanas. Esos canales son los hermanos atorrantes y no reconocidos de los venecianos. Lucen mas turbios e infieles. Les falta amor, rebosan de resaca. Entreverada de puentes, enferma de insomnio, huérfana de mañanas, porque en Amsterdam reina la luna y sobra el día.




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martes, septiembre 16, 2014




Londres es una puta. Bella, sucia y embustera.

Londres tiene piel blanca, mejillas sonrojadas y un acento que suena hermoso, pues no se podía esperar menos de la ciudad que parió a la música. Pregonera del encanto, enamora con cada uno de sus rincones: un homenaje a la perfección, un deleite para los ojos. Sus parques de ensueño, sus monumentos adornándola, su ir y venir al revés del mundo, plasmado en sus calles inversas. Calles que desorientan, tal como lo hace el amor de las putas. Llovizna lágrimas, pero de a ratitos: lo importante siempre es mostrarse perfecta y esconder las miserias, entonces el sol alumbra otra vez. Emana rectitud en el mas amplio de los sentidos: la rigidez de sus guardias reales, lo cuadrado de las casas, lo metálico de sus horarios, lo estricto de su disciplina. El lugar perfecto para la génesis de alguna revolución que desparrame todo. El sitio perfecto para que naciera algo como el punk.

Es que bajo esa fachada de ciudad fascinante corre sangre. Mucha sangre. Sangre real. Edificios enteros dedicados a exhibir las joyas de la reina. Cucharas de oro con piedras preciosas incrustadas resplandecen, mientras veo reflejada en ellas la pobreza y el saqueo. Mientras ellos almuerzan con metales preciosos, otros ni siquiera almuerzan. Mi recorrido sigue por los pasillos y el oro no cesa. No permiten sacar fotos a las vitrinas. Será por la vergüenza. Habitaciones enteras decoradas con pinturas carísimas, utensilios de oro, coronas exuberantes propias y ajenas, apropiadas de otras tierras y mostradas, sin pudor alguno, como robadas. Lo admiten, la sinceridad ante todo. Leones, sables, castillos, tronos y demas simbolismos de grandeza se encuentran por doquier. Me siento tan paradójico observando a la vulgaridad disfrazada de majestuosidad.

Como el beso venenoso. Como el diamante con amnesia. Como esos amores que duelen, asi es Londres. Limpia por fuera. Mugrienta por dentro.