miércoles, enero 21, 2015



Amsterdam huele a discoteca. Un coctel de olores nocturnos le da la bienvenida a cualquier novato que pise esas callejuelas por primera vez. El aire es denso y se refugia en cuanta nariz divise: marihuana, sexo y jolgorio viajan directo a los pulmones. Las putas llaman desde sus vidrieras a los turistas ávidos de revuelque que pasean por el Boulevard de la lujuria. No hay lugar para la inocencia en la verdadera ciudad del pecado, la aldea de las miradas perdidas.

Todo ese ovillo de locuras está metido dentro de una ciudad medieval, en donde las campanas suenan a cada instante, llevando a quien las oye a dar un paseo por el medioevo europeo. Calles empedradas que se confunden con veredas, turbas de bicicletas pidiendo paso y barcos zigzagueando por las venas urbanas. Esos canales son los hermanos atorrantes y no reconocidos de los venecianos. Lucen mas turbios e infieles. Les falta amor, rebosan de resaca. Entreverada de puentes, enferma de insomnio, huérfana de mañanas, porque en Amsterdam reina la luna y sobra el día.




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