martes, enero 06, 2015



Tengo siete años. Estoy sentado solo y en canastita en la frescura del verde césped una siesta de verano. El silencio es casi absoluto. La gente descansa, entonces también las calles. En cada una de mis manos sostengo un muñeco. Ambos están repletos de armas y se enfrentan en una batalla a muerte, casi que no necesito mis dedos para moverlos: tienen vida propia, forjan cada movimiento. Uno de ellos será el único héroe, y yo soy de su tamaño, estoy ahí en ese mundo, sintiendo la adrenalina del combate.

Un canto de pájaro rompe el silencio y me vuelve a la realidad. Tardo un instante en divisar al ave creadora de ese sonido magnífico. Finalmente la descubro posada sobre un cable de luz. La observo atentamente, puedo sentir como el aire fresco de esas alturas le pega en la cara, empiezo a pensar en la preciosidad infinita de la naturaleza, en su armonía. Mi cuerpo lentamente se entrega al entorno, me siento parte de él. 

Un estruendo que no da tiempo a nada. Un grito aviar desgarrador. El balín atraviesa de lado a lado al pájaro que reposaba en los cables. Le rompe las entrañas. Tres o cuatro plumas salen despedidas. El cuerpo inmovil cae inmediatamente sobre la tierra. Aun hoy puedo escuchar ese golpe seco y de muerte impactando contra el suelo, retumbando en mi memoria. Una ventana se cierra a lo lejos, alcanzo a ver la punta de un rifle que se mete hacia adentro de la casa. Alguien se desentiende de la escena y vuelve al interior de la vivienda, como si nada hubiese pasado. Yo me aguanto el llanto. Algunas tragedias son meramente personales. El ave, que hasta hacía segundos estaba llena de música y vida yace inerte y retorcida en el suelo. El hombre que asesina es la naturaleza matando a la naturaleza. Es, entonces, una especie de suicidio estúpido.

Vuelvo a mirar el cadáver. Me corre un escalofrío de pies a cabeza. Quiero irme ir a mi casa, ya no tengo ganas de jugar. Atino a juntar rápidamente mis pertenencias. Los muñecos están ahí tirados. Y solo son eso, figuras de plástico, rígidas, llenas de tornillos y mal pintadas. El mundo, de pronto, se me volvió muy real. Demasiado.






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