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domingo, enero 24, 2016




Después de tanto andar y andar, después de caminar durante días, años, me encuentro perdido en el barrio del fin.

Pregunto si existen mapas, pero sus residentes me contestan que no, que no hay instrucciones para manejarse en este lugar. Cada uno hace lo que puede. Todo es encrucijada: las calles son cortadas que derivan en un callejón sin salida. Deduzco que es difícil escapar. Me pregunto por enésima vez como fue que llegué hasta acá.

Un constante olor a cloaca caracteriza el lugar, como si todo el tiempo estuviese pudriéndose algo. Las casas son viejas, desgastadas, con paredes despintadas y revoque caído. Abundan linyeras sentados en los cordones de las calles, bebiendo océanos de alcoholes: los observo y no paro de pensar  en los hermosos ayeres de los que probablemente hayan sido dueños, ayeres que un día terminaron abruptamente para convertirse en un hoy denso, apesadumbrado, áspero. En el barrio del fin, el presente no es un regalo precisamente. Los miro y me miro. Mejor no miro.

En mi incansable búsqueda de salidas no paro de patear trizas, las veredas están repleta de restos, fragmentos hechos polvos, alguien me dice que lo que estoy pisando son alas rotas. Siento escalofríos. ¿Que demonios es este lugar?. A veces tengo la sensacion de que ya estuve mil veces acá, sin embargo no termino nunca de descifrar este extraño mundo.

De repente me encuentro ante una ruta, excepción fantástica después de tanta callejuela inmunda sin salida. Un cartel anuncia que estoy al final del final. Miro hacia adelante y veo un vasto y enigmático horizonte. Tengo miedo. El barrio del fin era incomodo pero no tanto como el hecho de decidir cambiar.

Doy un primer paso temeroso, vuelvo a mirar la ruta. Doy otro paso, termina el final ¿Y ahora que viene?







martes, septiembre 16, 2014




Londres es una puta. Bella, sucia y embustera.

Londres tiene piel blanca, mejillas sonrojadas y un acento que suena hermoso, pues no se podía esperar menos de la ciudad que parió a la música. Pregonera del encanto, enamora con cada uno de sus rincones: un homenaje a la perfección, un deleite para los ojos. Sus parques de ensueño, sus monumentos adornándola, su ir y venir al revés del mundo, plasmado en sus calles inversas. Calles que desorientan, tal como lo hace el amor de las putas. Llovizna lágrimas, pero de a ratitos: lo importante siempre es mostrarse perfecta y esconder las miserias, entonces el sol alumbra otra vez. Emana rectitud en el mas amplio de los sentidos: la rigidez de sus guardias reales, lo cuadrado de las casas, lo metálico de sus horarios, lo estricto de su disciplina. El lugar perfecto para la génesis de alguna revolución que desparrame todo. El sitio perfecto para que naciera algo como el punk.

Es que bajo esa fachada de ciudad fascinante corre sangre. Mucha sangre. Sangre real. Edificios enteros dedicados a exhibir las joyas de la reina. Cucharas de oro con piedras preciosas incrustadas resplandecen, mientras veo reflejada en ellas la pobreza y el saqueo. Mientras ellos almuerzan con metales preciosos, otros ni siquiera almuerzan. Mi recorrido sigue por los pasillos y el oro no cesa. No permiten sacar fotos a las vitrinas. Será por la vergüenza. Habitaciones enteras decoradas con pinturas carísimas, utensilios de oro, coronas exuberantes propias y ajenas, apropiadas de otras tierras y mostradas, sin pudor alguno, como robadas. Lo admiten, la sinceridad ante todo. Leones, sables, castillos, tronos y demas simbolismos de grandeza se encuentran por doquier. Me siento tan paradójico observando a la vulgaridad disfrazada de majestuosidad.

Como el beso venenoso. Como el diamante con amnesia. Como esos amores que duelen, asi es Londres. Limpia por fuera. Mugrienta por dentro.




domingo, mayo 11, 2014



Un nuevo día de escuela, una nueva marca en mi muñeca. Como se acostumbraba en aquellas épocas, los profesores me ataban al pupitre mi mano hábil, la izquierda, para que aprendiera a escribir con la derecha, "como el ser humano normal", "como la mayoría de las personas" justificaba la maestra con su rostro agrio y mirada perturbadora que hasta el día de hoy recuerdo y que se que nunca se me van a borrar de la mente. Claramente yo y un unos pocos compañeros más eramos una excepción bastante molesta.


Y asi, a la fuerza, aprendí a redactar con la derecha. Llegué a tener un trazo preciso, impoluto, recto. Cada frase se amoldaba perfectamente al renglón, sin moverse ni un centímetro de él. La hoja era una oda a la prolijidad, pero fría. Y eso me aburría sobremanera.

Harto de lo uniforme de mi caligrafía me propuse que todas las noches en mi casa empezaría a utilizar y ejercitar mi abandonada mano izquierda, incluso sin que supieran mis padres ya que tampoco estarían de acuerdo. Me quedaba hasta altas horas de la madrugada copiando párrafos de cuentos de Julio Verne. Un tiempo después, comencé a escribir mis propios textos, una recopilación de vivencias y poemas tórcidos, ilegibles, caóticos, todos con la izquierda. Los renglones eran una mera formalidad olvidada por mi. Mi lápiz bailaba hacia arriba y hacia abajo, de un lado a otro, en diagonal. Las letras eran locas y deformes, rebeldes, siempre distintas, el papel era una fiesta.

Socialmente era conocida como "la siniestra", pero lo cierto es que mi mano izquierda se había convertido en un escape a las aburridas mañanas de colegio tomando apuntes con mi insulsa mano diestra mientras mi mano izquierda reposaba amordazada, desesperada por salir a volar oraciones.

Recuerdo que fue en la clase de historia. Me sentía tan anti-natural que me saturé y exploté. Mientras la maestra escribía en el pizarrón aproveché y corté disimuladamente con mi tijera la soga que aprisionaba a mi querida zurdita. Las horas de colegio se volvieron adrenalínicas y aventuradas. Simulaba escribir como el resto, pero en cada descuido de todos tomaba mi lapicera y sacaba a bailar a mi mano izquierda a escondidas. Era clandestino y no me importaba en absoluto. Esos pequeños momentos de alegría me duraron unos pocos días, como bien establecen las leyes de la tristeza: la alegría será fugaz, o no será. Barraza, un compañero con el que francamente me llevaba horrible me descubrió y el muy hijo de puta me delató con la maestra, que me tomó violentamente de la oreja con sus manos ásperas y me arrastró hacia el rincón del aula, Una vez allí me aplicó el exacto y cruel número de 57 varillazos en la parte trasera de mis piernas, en frente de toda la clase.

Llorando y con las piernas coloradas corrí hasta mi casa, me encerré en mi habitación y con los dientes rechinando de furia escribí los poemas más hermosos y rabiosos del mundo. Mi zurda era un torbellino, moviendose para todos lados. La tinta era combustible y mi papel un fuego resplandeciente que no se apagaba, incluso a pesar de las lágrimas que caían arriba de las palabras recién nacidas de mi injusticia. Los versos eran desalineados y estremecedores, y en un segundo sentí una pausa de calma silenciosa, un alivio que precedió a una revelacion: Caí en la cuenta de que mi caligrafía con la mano izquierda había llegado a ser muchisimo más preciosa que la que lograba con la derecha, aun con sus imperfecciones tan características. Algo la hacía deliciosamente armoniosa. Me sentí victorioso.

Han pasado más de cuarenta años desde que era aquel niño joven y descarado, los tiempos cambiaron bastante aunque algo en mi se mantiene intacto. Todas las mañanas me despierto con un dolor feroz en mis piernas, puedo sentir la varilla azotandome sin compasión ni sentido intentando corregir lo que yo jamás quise corregir. Pero cada vez que ese dolor ataca, empuño un bolígrafo con mi mano izquierda, lo tomo bien fuerte, y empiezo a escribir mis poemas torcidos. Y entonces, el ardor cesa, al menos por unas horas.





viernes, diciembre 20, 2013














Peronistas que quieren que crezca el peronismo.
Radicales que quieren que crezca el radicalismo.
Peronistas que no quieren que al radical le vaya bien.
Radicales que no quieren que al peronista le vaya bien.

Desde la sombra de los anhelos se oye, apenas, un quejido.
En coma, el pais sin color, la nación enana
que desespera y grita susurros,
mientras en las alturas seguimos así.
Partidos.





jueves, septiembre 20, 2012



Esa mañana, increiblemente, no me costó despertarme. De hecho, lo hice con una sonrisa gigante en la cara. Sentía el cuerpo mas liviano que de costumbre, no me pesaban ni las horas, ni los recuerdos. Abrí la ventana de mi dormitorio y me topé con un día precioso: nunca había visto en mi vida un celeste tan violento en el cielo. Las plantas de mi jardín estaban todas absolutamente florecidas, era como tener secuestrada a la primavera en mi patio. Me sentía pleno, lleno de esperanzas y alegría, sin saber muy bien por que.

Me preparé un desayuno acorde a las circunstancias para aprovechar este milagroso momento, sin pensar demasiado en la incertidumbre que me causaba esto de estar feliz por excepcion. Estaba de tan buen humor que decidí, extrañamente, prender el televisor. Muy rara vez lo hacía, primero porque odiaba el 99% de las cosas que podían salir de esa caja boba, y segundo, porque era una cacharra demasiado vieja: fallaba tanto que ni siquiera se veia en color. Siempre fui un enamorado de la libertad, por eso mi desinterés hacia la TV.

Apreté power y me encontré con las noticias. Iba a cambiar de canal inmediatamente para no estropear mi espiritu festivo, pero no lo hice porque me llamó la atención lo que el presentador relataba. Contaba que doscientos policias se habían conglomerado en Logroño, España, para manifestarse en contra de los recortes que el ejecutivo nacional había establecido hacía solo unos días. Sostenían una gran pancarta blanca que rezaba: "Pedimos perdón a los ciudadanos por no poder detener a los mayores chorizos: policías y banqueros". El primer paso para corregir un error es reconocerlo. Reconocer que todos estamos del mismo lado y que las cachiporras no pueden pegar solas.

Comencé a sentír de inmediato lo que sienten los recién enamorados en el estomago durante esos primeros segundos mágicos. Eran mis utopías, muertas hacía rato, reviviendo. Percibí como el mundo dejaba de girar tan velozmente y ponía una pausa en su maniatico andar.
Estaba solo pero sentía muchos abrazos. Mi destruido televisor, de repente comenzó a verse en color, y yo comprendí al instante el por que de esa mañana tan especial.