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lunes, septiembre 12, 2016




¿Alguna vez entraste de día a una discoteca?

Las discotecas de día suelen ser un mísero galpón mugriento. Todas sus imperfecciones, su suciedad, sus rajaduras, quedan expuestas a los ojos de quien se anime a mirarlas de tarde.

No hay oscuridad que esconda los defectos, ni juegos de luces que simulen un mundo fantástico y exaltado. Tampoco suena la música para distraer, ni corre el alcohol para generar la inconsciencia del asunto. Las unicas bebidas que uno puede encontrar son los restos en los vasos desparramados por el suelo. La bola no brilla en el techo. La gente no camina por las pasarelas. La quietud es implacable.


¿Alguna vez entraste de noche a una discoteca?

Las mujeres coquetean bajo decenas de capas de maquillaje. Colores forásteros en la cara, máscaras sútiles, rostros ficticios. Los hombres sucumben al ardid, visten como nunca, ropa con olor a naftalina disimulada por litros de perfume. Rara vez se ven asi de dia. Rara vez huelen asi de día.

Suenan canciones que solo pueden gustar en el bullicio de una discoteca y la distorsión de la situación. De día suenan peladas. Les falta algo. Les falta todo. Marea de gente mareada, la marcha de los besos sin corazón, de los tragos ladrones, de los saludos sin alma. Hola, ¿como estas? Bien, aunque se que no te importa. Abrazo efusivo. ¿Quien eras?. Use y tire.

Él quiere estar con ella, ella quiere estar con él. Bailan, él avanza, ella histeriquea un poco. Él le tira flores de plástico. Ella las huele y sonrie, sabe que le mienten pero compra: al autoestima le encanta la comida chatarra. Se van de la mano por la puerta de entrada, todavía no se probaron. Afuera será otra historia. Afuera siempre es otra historia.






miércoles, marzo 09, 2016




No recuerdo a que edad empecé a ser consciente de que estaba allí. Mis primeras imágenes de él son confusas, pero de lo que estoy seguro es que lo veía a lo lejos y desde abajo, muy chiquito.

Con los años fui creciendo, y él también, cuestión de cercanía y perspectiva. La cosa no me importaba demasiado hasta que pude divisar como la gente iba cayendo por ese precipicio. Conocidos y desconocidos desfilaban por ese maldito acantilado, y si dentro mío vivía algo de miedo, ahora se había convertido en terror.

Pasé mi adolescencia entera y parte de mi juventud tratando de buscar una manera totalmente creativa de no llegar a esa muerte dolorosa y estúpida, en cierto modo para evitarsela también a todo ser que estuviera cerca. Me desvié por mil caminos, pero todos desembocaban en uno solo que culminaba directamente en los últimos centímetros del peñasco.

La leyenda cuenta que existe un sendero, escondido, pedregoso, mediante el cual uno puede lograr no terminar echo papilla y escapar quien sabe hacia donde para salvarse, pero es dificilisimo encontrarlo. Mi búsqueda continuó.

Pánico. Puedo contemplar el abismo, su inmensidad mortal. Llegué al momento crítico en el que lo tengo a centímetros, la hora de la decisión más importante de mi vida. Tantos años contemplándolo desde la lejanía, evitando llegar al fatídico punto en el que me encuentro. Puedo detallar cada una de sus rajaduras, la forma de cada piedra que allí vive. Oler el hedor a fallecidos, oir el eco de la desolación. Intento idearme urgentemente el camino salvador, ese del que tanto me hablaron.

Un viento muy fuerte me pega en la cara. Se  mete por mi  boca, la seca por el grito. Los ojos me lagrimean al punto de no poder abrirlos. Un zumbido grueso en los oídos. No se si estoy de pie o de cabeza.




martes, septiembre 15, 2015



Pensaba mientras guardaba la guitarra en el estuche. Pensaba en como 20 años habían pasado tan jodidamente rápido. Aquella lejana tarde habíamos descubierto una pasión y no lo sabíamos. 


Ademas de estar aturdido por el volumen de la distorsión (siempre tocamos muy fuerte, demasiado) también lo estaba por los recuerdos. Pasamos por tantas salas de ensayos, desde las mas sofisticadas, hasta las más precarias y cavernosas. Fuimos a mostrar nuestra música a tantos bares, tomamos infinitas cervezas, conocimos mundos de gente. Grabamos tantas canciones, tantas otras murieron en el intento de llegar a ese limbo llamado disco. Les hicimos temas a los mismos amores a los que después despediríamos con otros temas un poco más tristes. Las personas reviven las etapas de su vida con álbumes de fotos, las bandas con discos. 

Vimos nacer a las nuevas generaciones de punks, vimos caer tantos disfraces en el camino, observamos morir tantas apariencias. Solo quedamos los que lo hacíamos con el corazón. Cambiamos tantas veces de instrumentos, discutimos tanto, perdimos tanta plata, agonizamos tantas veces pero nunca terminamos de morir y siempre estábamos resurgiendo, enchufando otra vez los instrumentos.

Un tren de pensamientos en solo algunos segundos. Finalmente cierro el estuche y los miro. Ahi están mis compañeros de ruta y aventuras, con la misma alegría en los ojos que aquellas tardes de juventud eterna, con las mismas ganas de ser feliz haciendo música, aunque la fama no llegue: ¿que importa que las mansiones sean de otros si las canciones son nuestras? Estamos más pelados, un poco más gordos tal vez, pero con el corazón intacto. Eso si, cuando la primera nota de cada ensayo empieza a sonar, automáticamente adelgazamos, tenemos más pelo, se nos gastan y achican un poco las remeras, se nos rejuvenece la voz y la sonrisa se nos vuelve desesperadamente enorme.



 



Dedicado a todas las bandas del mundo que aman lo que hacen, y siguen, pese a todo(s).

lunes, junio 15, 2015



Todo empezó escuchando Punk Rock. La música fue la puerta, otra vez. Una palabra se repetía insistentemente en esas melodías supersónicas. Al compás de gritos descarnados una letra "A" intentaba escapar de un círculo sofocante, despedazando los límites que no la dejaban crecer. Un nuevo mundo asomaba a mis días.

Empecé con Bakunin que me ayudó a hacer añicos dos conceptos en los que nunca había creído demasiado: dios y el estado. Así, en minúscula; siempre preferí escribir con mayúscula solo lo significativo para mi. Vagaba por las calles con aquella remera negra con las mangas poco prolijamente cortadas por mi y la A roja bien pegada al corazón.

Los fanzines estaban siempre desparramados por mi habitación: las voces de cientos de anónimos gritaban sus ideas incendiarias en papel fotocopiado queriendo construir un mundo mejor. Y me convencieron. Fui un adolescente convencido de que a través de la anarquia se podía levantar otra sociedad más justa, noble y sincera, sobre los restos de una civilización completamente podrida. Pero entre el dicho y el hecho, la teoría y la practica, estaba incrustado el ser humano, con su inercia destructiva y su voraz apetito por el poder. No había anarquía ni igualdad posible con tantos hijos de puta deseando someter. Siempre alguien queriendo dominar, la historia en bajada de la humanidad.

El tiempo, las vivencias y la realidad brutal hirieron de muerte a mi idealismo. Me encontré con mis utopías sangrando, desorientado, preguntándome a donde me llevarían todos esos libros de anarquía leídos en mis ratos libres, de que me habían servido todas esas horas devorándolos a sol y a sombra. Muchos años pasé perdido y sin respuesta.

Sumergido en el barro de mi más profunda crisis existencial y después de meses de lágrimas y pensamientos histéricos pude resolver el misterio. Estuvo adentro mío todo el tiempo. Sentía que había estado dormido tantos inviernos, pero aquella tarde desperté. Los libros me despertaron de un cachetazo. Aquel camino de frases románticas sobre paz y autogestión, aquellas ilusiones adolescentes y desilusiones juveniles fueron el recorrido obligado y necesario para entender en todo su esplendor el concepto de libertad. La libertad era la base para toda hermosura posible y la anarquía había sido el largo y pedregoso camino hacia su descubrimiento, hacia el auto-descubrimiento. 

Comprendí entonces que la anarquía le quedaba un poco grande a la maldad de nuestros tiempos, pero cabía justo en mi corazón, y que las reglas por crear y romper vivían adentro mio. No había mas autoridad que yo mismo. Supe entonces que la anarquía quizás nunca sanaría a este mundo porfiado, pero me había transformado a mi, mejorándome, haciéndome crecer y evolucionar. Y eso, de alguna manera, también era cambiar al mundo, aunque sea de a poquito.







sábado, marzo 21, 2015



Después de tantos años nos volvimos a encontrar, lejos de todo y de todos. Era ley terminar en un bar, y así fue. Las carcajadas seguían intactas. Jamás volví a reírme tanto con una persona como lo hacía con él. Era recíproco. Extrañaba terminar agotado de estar tentado. Al fin y al cabo estábamos un poco distintos que hace un tiempo, pero aun iguales.

Tomamos cerveza. Hablamos del punk, de Green day, de los Ramones, de la banda que teníamos, de aquellos tiempos sagrados de gloria y libertad que habíamos vivido a la par. Y mientras seguíamos volando hacia atrás, de repente se quedó pensativo. Gradualmente se le borró el gesto de gracia y melancolía alegre en la cara y sentenció mirando a la nada: "nuestros amigos, o tienen hijos o están muertos". Se hizo un silencio triste. La segunda opción me hizo un eco frio en el alma. Nunca había pensado en eso. Tenía razón.

La pasábamos bien, eramos jóvenes e invencibles, pero en el fondo estábamos tristes. Para ser punk siempre tenes que estar un poco triste. Y muchos no soportaron aquella angustia. Se rindieron y cayeron en esos refugios de papel que son la droga y el alcohol. Ninguna pastilla calmó el dolor. Otros fueron más pragmáticos y directamente eligieron la bala o la soga.

Levantamos nuestras miradas brillosas y chocamos los vasos. No dijimos nada, pero brindamos por varias cosas. Por aquellos días de gloria, por los que ya no están pero están, y por lo que quedamos, peleandole a la existencia, con esa vieja tristeza todavía adentro, apaciguando las congojas con las canciones de toda la vida, esas melodías inmortales, por siempre jóvenes, y con la cresta bien parada en el corazón. Después de todo, el negro en nuestra ropa sí tenía un poco de luto.




martes, mayo 20, 2014



El exceso de pasado trae torticolis. Ya duele mucho el cuello de tanto mirar para atrás. Melancolía fuerte, fuertísima. Una foto y una canción repitiendose mil veces de fondo te detonan otra vez y decretan oficialmente lo que tanto temías: los días de gloria han pasado y ya no volverán. Los mejores momentos de tu vida hoy están atrapados en un marco, colgados de una pared. Cuanta estaticidad por dios. Revelaciones que son como patadas en el alma.

Te ves ahi, en esa foto, y te cuesta reconocerte. Tan feliz, tan joven, tan libre. Rebosante, enérgico, con los todavía mil sueños sin derrotar que añorabas cumplir, y que el mundo y tu dejadez se encargaron de espantar. Que hermosa sonrisa supiste tener.

Y llorás. Asi de repente se te quiebra la cara y te sorpende un llanto feroz cargado de impotencia. Pensás en lo que te convertiste, en los colores que perdiste, en las canas que te martirizan. Y la canción sigue sonando, siempre al mismo volumen, pero cada vez más fuerte adentro tuyo. Y te arrepentís de un montón de cosas. Darías media vida por meterte en esa fotografía y no salir nunca más. Meterte ahi, y decirle a los amigos que posan con vos, tambien resplandecientes, que diseñaste un plan para detener el tiempo en ese momento y ser por siempre jóvenes. Y alegres, muy alegres.

Recién cuando el lloriqueo cesa, te calmás, y en medio de un manto de autocompasión te perdonás un poco, le das una tregua a la tristeza. Es que, si tanto extrañás esos momentos, es porque lograste esculpir días y noches geniales en este mundo de mierda. Y eso no es poco.




viernes, marzo 15, 2013





Un día escuché una canción.

El efecto fue inmediato, a medida que entraba en mis oidos, iba descubriendo un mundo distinto, escondido, del que nadie me había hablado. Alguien que yo no conocía me cantaba sobre la libertad, entre gritos hermosos y acordes frenéticos. Una adrenalina única y extraña, que solamente sentí aquella vez, me poseyó y me convertí en una preciosa turbulencia.

A partir de esa melodía cambié mi manera de pensar y de vestir. Ya no se trataba solo de romper las reglas, sino de destrozarlas.

Esa forma de pensar me llevó a conocer nuevas personas, afines al sentimiento de oprimir a la opresión, hasta hacerla estallar.

Con esas personas tuve nuevas aventuras. Miles de maravillosas nuevas aventuras.

En el medio de tantas aventuras conocí el amor y el desamor, la victoria y la derrota, la algarabía y la desilusión. Me descubrí.

De todos esos sentimientos y gracias a cada una de esas sensaciones aprendí, lloré, mamé y me moldee, a golpes, tragos y sonrisas.

Doce años han pasado desde que presioné play y esa canción comenzó a sonar. Y aunque el reproductor me decía que duraba tan solo dos minutos, para mi nunca terminó. Sigue sonando y sigo soñando, cantando, viviendo.




domingo, octubre 07, 2012



Abrir la puerta para salir de casa y entrar en otro submundo lleno de amores, peligros y derrotas.

Comprobaste lo asesina que puede ser una esquina, le conociste el alma al frio y cometiste el desgraciado error de creerte superior: cuando sentías que tenías toda la calle del mundo, era la calle la que, en realidad te poseía a vos. Es aquella vieja historia de que las calles pueden llevarte a cualquier lugar, o a ninguno. ¿Acaso pensaste que el poxirrán también servía para arreglar problemas?

Ella te ofreció el aire y el cielo en su máximo esplendor, utilizó la libertad como carnada, y el anzuelo tiene restos de sangre. Te sedujo con sus perfumes callejeros, pero a tu mínima rebeldía te demostró sus penitencias, y en un abrir y cerrar de ojos el libertinaje absoluto se conviertió en cuatro paredes eternas. Te quedaste sin cielo, sin sol, sin aromas, y tu vida terminó pareciendose a ese callejon oscuro por el que frecuentabas y al que llamabas casa. La calle y sus jerarquías.

Es la mujer embustera que te enamora, te da y te quita el doble si quiere. Te da alas, pero no te enseña a volar, y el asfalto es duro y mugriento. Calle madre, calle maestra, calle puta, calle asesina. De esa mezcla de sangre y lágrimas aprendiste la lección de oro: a la calle no se la domina, se la respeta.


martes, agosto 07, 2012


LOS DIAS PUNK.

Muchas historias tristes se juntaron para darle vida a una sola y hermosa, digna de ser contada. Eramos el punto exacto en donde desembocaban las burlas y de ellas veniamos escapando cuando nos encontramos, nos entendimos y nos unimos. Las calles eran nuestras, y en ellas forjamos nuestra amistad. Marchabamos de negro y algo desalineados pero siempre con una sonrisa como bandera. Esa, la peor remera posible para ponerse era la que mas disfrutabamos. Pequeños actos de irreverencia que amabamos. ¿Te acordás? el bautismo de fuego era hacerse la cresta.

Nos pasabamos horas y horas escuchando música, tanto, que un día nos planteamos ser parte de ese ruido violento que volaba desde aquellos cds piratas que viviamos intercambiando. Y así fue como, de caraduras, decidimos formar una banda. La mitad de los instrumentos eran prestados. Los platillos de la batería estaban colgados en el baño de la sala de ensayo, como adorno, abollados, pero a nosotros nos servían. Siempre fuimos felices con poco. La grandeza del punk radica en la inexistencia del prejuicio: no hacía falta ser un músico genial, solo bastaba con las ganas y el sentimiento.

Algunos tocabamos, otros acompañaban, pero todos disfrutabamos. Era la banda y su banda formando una gran banda. Caminar la ciudad de día y de noche, fabricando anécdotas, escribiendo nuestra historia. Cada momento era el espermatozoide  de alguna futura canción. Entendimos eso de que "la música era vida". Encontrabamos interesantes los rincones más impopulares de la ciudad, hallábamos belleza en donde el común de la gente no, usabamos lo mejor, usabamos el resto.

Aquel miedo inicial, ese que nos inmovilizaba y que no nos permitía defendernos de la hostilidad de las personas se fue desvaneciendo. Y lo poco que sobrevivía, lo ahogabamos en vino blanco con sprite, y demáses elixires mágicos creados por algún dios barrial de dudosa existencia.

Nuestro refugio era la sala de ensayo. La limpiabamos, comiamos, era nuestro lugar en el mundo. Cuatro paredes que por siempre guardaran secretos, confesiones, momentos y delirios inolvidables. Cualquier casa abandonada era un palacio en el que eramos principes, y no dudabamos en ensuciarnos las manos para buscar alguna silla, un cuadro, o cualquier elemento que siriviera para llevarlo a nuestro bunker. Era nuestro lugar y decorado a nuestra manera. Un reflejo de nosotros mismos.

Te acordás de los recitales? No faltabamos a ninguno. Una especie de ritual en algún lugar oscuro y olvidado de la ciudad en el que la tribu agradecía esa felicidad hallada, a través de esa extraña pero placentera danza llamada pogo. Al otro día nos dolían hasta los huesos, pero el alma estaba llena, intacta, reluciente.

La conclusión era tragicomica pero reveladora: nos habíamos convertidos en la clase de gente con la cual nuestros padres no querían que nos juntemos. Que paradoja, porque eran las mejores personas que había conocido. Era el clásico miedo a lo desconocido. En nuestro caso, totalmente infundado.

Pero la vida no tiene frenos y el tiempo pasó. Cada uno continuó su camino. Varios nos seguimos viendo, de hecho la banda sigue tocando y sonando un poco mejor que en aquellos días. A otros los encuentro cada tanto y a algunos jamás los volví a ver. Aun hoy paso por lugares en los que frecuentabamos, y veo graffitis en las paredes como cicatrices de momentos, no pudiendo evitar sentirme atacado por una melancolía preciosa. Pero un segundo me basta para reaccionar y darme cuenta de que esos días punk todavía no terminaron. Pudieron haber cambiado las caras, las edades, las circunstancias, pero sigue el cosquilleo en mi espalda. Las alas que alguna tarde gloriosa me habían nacido, continuan ahí, intactas. Y eso es todo lo que necesito.


jueves, agosto 02, 2012



LA REVELACIÓN


Lo recuerdo perfectamente. Fue casi una revelación. Algo adentro mío se quebró y fue lo más parecido a una liberación.

Soñé despierto que los ojos punzocortantes de alrededor miraban sin ver, y no tuve más que cerrar los míos. Cerrarlos para ver que no veían, que eran un todo que al fin y al cabo no era nada. Una especie de pseudo-fórmula matemática para suprimir el "que dirán": los demás eran lo de menos.

Una melodía deliciosamente sucia comenzó a volar desde ese cassette. Una epifanía adolescente que gritaba entre líneas "Do it yourself". Lo comprendí, lo incorporé, y sentí que no estaba solo, sino que estaba acompañado, muy.

Era algo tan simple como decidir pintar mis días del color que más me gustara. Descubrir que no solamente existía una avenida principal, sino miles de calles suburbiales, periféricas, de tierra, que conducían a otros lugares no convencionales, misteriosos y atrapantes. Alguien supo decirme que eran el camino escondido a la felicidad. Me sorprendí, después de todo no estaban tan ocultos. Sonreí.

En ese mágico momento sentí un apacible cosquilleo en mi espalda. Fue el día en el que me nacieron alas. Y ya nada volvió a ser igual...



miércoles, junio 06, 2012


Esa extraña sensación de que cumplir un sueño doliera tanto le raspaba cada tanto en el pecho. Pero su pasión era su motor, y siempre, pese a todo y a todos. su sonrisa vencía al final de cada día. El verde cesped era su lugar, era el limbo donde le daba vida a la pelota, le contagiaba de su magia y su energía. "El futbol no es para vos", "esto no es lo tuyo" vociferaban quienes jamás conocieron lo que se siente salir a cazar sueños. Hablar siempre fue más facil que volar.

Y todos los días estaba en el mismo baldío, haciendo jueguitos, con su camiseta de Boca y sus ganas de llenarse la garganta de gritos de gol. Le decían Cani, en honor al pájaro Caniggia, al que apodaban "el hijo del viento" por su implacable velocidad en las canchas. La mayoría pensaba que el sobrenombre era por su cabellera rubia que enloquecía con cada corrida. Yo, sin embargo, estaba convencido de que se debía a su viboreante habilidad para gambetear defensores y prejucios, y ser capaz de acallar las risas burlonas de todos los chicos del equipo contrario, clavando la pelota en el ángulo.

Las tardes enteras se consumían entre partido y partido, hasta que finalmente el sol se escondía y la cancha del barrio carecía de iluminación. El fútbol se terminaba hasta el día siguiente. Todos volvían a sus casas, pero alguien se quedaba en la oscuridad a jugar un rato más, en soledad. En las penumbras apenas dejaba ver su camiseta auriazul. La Cani era la última en irse de la canchita. No se conformaba, ella siempre quería más.



jueves, abril 19, 2012


"La gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?"



La casa nuevamente en estado de ebullición. Gritos iracundos y desgarrados conforman las triste banda sonora diaria. Otra vez el debate familiar. Otra vez el conflicto como ritual.

Fabricio ya no sabía que palabras utilizar para justificarse, para explicarle que no era ningún pecado vivir de forma diferente, pero su madre parecía estar a años luz de entenderlo y seguía con sus acusaciones: "que la música", "que la guitarrita", "que la remera rota", "que el pantalón gastado", "que la mala junta". Era demasiado complicado hacerle comprender el concepto de libertad a aquel que no estaba ni cerca de sentirlo.

La resignación del joven se vistió de silencio y ayudó a convertir la discusión en un monólogo de su progenitora. Fabricio solo atinó a abrir la puerta para irse y escaparse de la situación. Mamá remató: "¡sos un desastre andante!, ¿cuando vas a vestirte y comportarte como la gente?" Del otro lado de la puerta entreabierta se escuchó una respuesta angustiada pero convencida, como la indignación del incomprendido: "yo también soy gente"...



miércoles, abril 11, 2012


"En cada barrio, cada pueblo, cada esquina en la ciudad, hay un corazón partido que no para de sangrar..."



Un repiqueteo de pasos retumbando irrumpió mi lectura frente al río. Él bajó rápidamente la escalera pedregosa con el cuerpo rígido y el ceño fruncido. Diez segundos después ella hizo lo mismo pero moqueando y llorando, con la cara roja, persiguiéndolo, gritándole que la esperara. Quizás él ya se había cansado de esperar, esperar a que algo cambiara.

No la miraba. Ella intentaba abrazarlo como temiendo que se le escapara, que se fuera de esa plaza, de su vida, pero sus brazos no eran correspondidos. Él, apoyado en la baranda, buscaba consuelo en el río, en el verde del pasto. Los observaba fijos, mirando nada, como la nada misma que en ese momento le significaba ella, su historia de a dos. La nada que sabía que iba a encontrar, exactamente como la ultima vez que la había perdonado. "Vos no tenes cura" le dijo, y se quedó observando el agua. Lo mío era espiar la situación,
refugiándome en mi libro, disimulando, leyendo algunas historias, mientras contemplaba otra al mismo tiempo, que rimaba con retazos de mi pasado.

Corrían los minutos y la escena era siempre distinta. Él solo, ella sola, los dos juntos, silencios, gritos, como si estuviesen resumiendo frente a mi toda su relación, y sin darse cuenta de que yo los miraba. Al mismo tiempo llegaba a la agridulce conclusión de que los amores, en las plazas nacen y en ellas terminan muriendo. Y yo no tenía nada que hacer en ese funeral.

El libro se cerró y me retiré respirando desamor. Los dejé atrás hablando, quizás intentando recomponer lo destartalado, quizás derrumbándolo del todo, en otro apocalipsis del amor en la ciudad...





miércoles, abril 04, 2012

Dicen que fue sietemesina. Así comenzaba su vida catapultada. Dicen también que los sueños le nacieron apurados, aunque los más atrevidos aseguran que se los apuraron a chirlos. Algunos cuentan que de chica tuvo juguetes, pero se le pusieron en huelga a los siete años porque ya no tenían quien los gobernara. A esa edad Soya empezaba a frecuentar discotecas con permiso y aliento de su madre. cambiando sus muñecas por maquillaje.

A los doce esta niña inglesa se sometió a una estricta dieta para cumplir su sueño de ser modelo. La misma consistía en evitar todo lo que fuera grasas, carbohidratos y travesuras. Finalmente lo logró: meses después ya se encontraba posando para marcas de ropa interior, con su rostro forzado a crecer, con su aspecto de niña mujer. En las paredes de los edificios de la ciudad se observaban fotos enormes de esta gigante chiquita en paños menores.

A los quince años quedó embarazada de su novio. Su madre orgullosa respondía en las entrevistas "Lo importante no es la edad, sino el amor". Eso sí, dejaba bien en claro que Soya y su enamorado no dormirían juntos en su casa hasta que ella cumpliera los dieciséis.



martes, marzo 06, 2012

Daniel era de esos tipos que son buenos tipos. Hijo de padre fugitivo y madre mártir, vivía sus días con la humildad como emblema. Le había tocado una de esas vidas en subida, bien propias de los luchadores empedernidos.

Recuerdo que lo conocí en el jardín de infantes y luego volvimos a cruzar caminos en séptimo grado. Alumno aplicado si los había, un siete en un examen más de una vez le produjo lágrimas que solo percibían los más observadores; él siempre buscaba más. Callado, introvertido, misterioso, solía cruzarlo siempre por la calle porque eramos vecinos. En la postal del barrio jamás faltaba su madre yendo o viniendo en su bicicleta cargando con desamores y frustraciones, pero siempre firme, dispuesta a llevar el pan a la casa, para mantener a Daniel y a su pequeña hermana.

Nunca voy a olvidar aquella tarde de verano en la que pasamos por su casa para invitarlo a ir a la pileta, era la primera vez que lo hacíamos y su sorpresa fue instantánea al vernos en su puerta. Rápidamente aceptó, pero luego se lo notó dubitativo, intentando ocultar lo que después trataría de explicar a pesar de su vergüenza: no tenía plata para pagar la entrada al club. Le dijimos que no se hiciera problema, que nosotros le prestaríamos
, y enseguida sacó su vieja Gracielita para partir con nosotros, pedaleando al compás de las monedas en el bolsillo. En vez de mochila tenía una bolsa de nylon, en vez de toallón tenía una toalla chiquita, pero sus ganas de pasarla bien eran tan enormes como las nuestras, y lo demás no importaba.

No conocía mucho de él, más que sus silencios, su soledad y su dedicación. Supe también
, que durante esos días Daniel había empezado a escribir un cuento en su computadora, y que estaba muy contento haciendolo. Pero no mucho más.

Aquel extraño febrero lo encontró, como siempre, ayudando a su madre. Mientras ella no estaba, el hacía una torta para festejar su cumpleaños a la noche, en familia. Recuerdo a mi mamá comentándome que lo había encontrado esa mañana en el almacén
de la esquina comprando quince velas.

Todo estaba listo para la velada con su madre y su hermana. Había cocinado y ordenado su casa. Mientras la niña jugaba en la vereda, él se preocupaba por limpiar el piso: todo tenía que estar intacto para cuando su mamá llegara de trabajar. Secador en mano, mojó un trapo y se puso a fregar.

Un segundo violento, un error, agua y electricidad. Su cuerpo se convirtió en infierno y el corazón no le resistió. Su hermanita entró a la casa, lo vio tendido en el suelo y le avisó rápidamente a su vecino que Daniel "se había quedado dormido en el piso". Solamente él sabe que pasó. Su madre se bajó de la bici, y a partir de allí nunca nada fue igual.

A la mañana siguiente mi mamá me despertó con la triste noticia, y no lo pude creer, la muerte era algo demasiado lejano y extraño teniendo quince años. Recuerdo que entre sus compañeros de curso se organizó una colecta para cubrir los gastos del sepelio. Yo no fui a despedirlo, jamás pude soportar los velorios, y menos, las injusticias.

Suelo pasar por el frente de su casa, caminando lento, pensando en lo cíclico de esta vida, en ser luz entre dos oscuridades, en nacer y morir el mismo día, en vivir entre dos febreros. A veces veo a su madre pedaleando firme contra el viento, contra la vida, como siempre lo hizo y no puedo evitar suspirar. Cada vez que miro su puerta me cuestiono si la bondad no cabe en este mundo, si la muerte es tan caprichosa como parece o si simplemente la desgracia llega porque si. Intento espiar por la ventana, con disimulo, buscando esos cuentos que se habían empezado a escribir, indignado por la tragedia que significa que queden por la mitad, y me pregunto, impotente, como hubieran seguido...





martes, marzo 08, 2011


Hubo un antes y un después de aquella tarde. Algó hizo click adentro mío...


Corría el año 2002 y de algún lugar que no recuerdo bien había conseguido un disco, Trapos, de attaque 77. Lo puse en mi minicomponente y empezó a sonar una especie de recitado con melodía que escupía dolor encubierto, disfrazado de ironía, y que me puso la piel de gallina, sobre todo en su parte mas esperanzadora "va llegando la primavera, nuestro futuro recomienza, ven que lo que viene es perfección" Perfección era la canción, y perfecto era lo que me corría por adentro del cuerpo mientras escuchaba esas verdades.


Pasaban las canciones, y me gustaban cada vez más, hasta que llegué a una en especial, "canción inútil", y otra vez se me erizaban los pelos del brazo, estremeciendome a más no poder, con esa letra tan certera y lacrimosa. Una y otra vez escuchaba ambos temas, atrapado por una sensación que nunca había corrido por mi cuerpo, ese sentimiento único e inigualable de haber descubierto una pasión.


En esos tiempos las letras de las canciones no se conseguían en internet, asi que fui a buscar una hoja de mi carpeta de secundario y las iba escribiendo, mientras pausaba a cada rato el equipo de música para ir transcribiendolas. La hoja volvió a mi carpeta tatuada con esos dos himnos que habían revolucionado a mi corazón y me acompañaban a todos lados. Las leía y las releía en cada momento que podía. Sentía una especie de fortaleza en mi corazón mientras las tarareaba. Era la génesis de algo...


Ese día significó más que encontrar dos canciones que me encantaban. Fue descubrir que existía una clase de música escondida por ahí, quizás intencionalmente, quizás no, que contaba otras cosas, otras realidades, con un lenguaje poéticamente crudo, y no vomitando el falso optimismo mercantilista que hasta hoy en día chorrea de las radios. Era escuchar el mundo real, era una revelación, era el primer ladrillo en la construcción de una ideología, era mi primer y último amor, era mi propia ideología, con lo placentero que puede llegar a ser el ejercicio de pensar, de observar, de actuar. Era abrir mis ojos y mi mente, era crecer, era un tajo en mi inocencia, era la realidad.


La canción se despedía con un "que hermoso que es este mundo", y ese día lo comprobé.



viernes, febrero 25, 2011







Por aquellos días si que el calendario estaba agitado y los hechos querían, impiadosos, apropiarse de ese mes. Germinaban guerras lejanas en el mundo, agonizaba algún que otro escritor, florecían revoluciones en algún rincón, mujeres se transformaban en reinas, nacían nuevos ríos de sangre y se seguían fabricando y vendiendo bombas.



Y aunque el mundo girara como tornado, no lo ibamos a permitir, no, ese febrero era nuestro...

domingo, febrero 20, 2011





La esquina es la unión de dos caminos. Y en una esquina él le vomitó su verdad.


La esperó y cuando ella se desocupó, él se ubicó estrategicamente en su camino. Ella quiso ignorarlo pero él le agarró el brazo. El aire era humo en esos días.


Apelando al sangriento acto de la confesión, él arrancó de su interior ese sentimiento aferrado a su corazón, al estilo garrapata, y entre valbuceos y confusiones se sacó ese peso de encima que cargaba hacía meses.


Ella nunca lo miró. El celeste de sus ojos se entremezclaba con lágrimas escondidas escribiendo su carta suicida. Fue cuestión de un par de minutos. Ella entró a su casa sollozando. Él se tomó el colectivo, y emprendía el regreso a su hogar mientras atardecía en la ventanilla y en su corazón.


La esquina es la unión de dos caminos, pero ese día no.

sábado, diciembre 25, 2010


[...] Pero por alguna razón, hermanos míos, me senti enormemente aburrido y algo desesperado, y esos días me había sentido asi a menudo.Tampoco sabía que quería. Incluso la música que me gustaba slusar en mi malenca guarida era la que antes me hubiera hecho smecar, hermanos. Slusaba mas malencas canciones románticas, solo una golosa y un piano, muy tranquilas y tiernas, muy diferente de cuando todo eran bolches orquestas y yo me tumbaba en la cama entre violines, trombones y timbales. Algo estaba ocurriendo en mi interior..Comprendí lo que estaba sucediendo, oh hermanos mios. ESTABA CRECIENDO.[..]Si si si, eso era. La juventud tiene que pasar, ah si. Pero en cierto modo, ser joven es como ser un animal. No, no es tanto ser un animal, sino uno de esos muñecos malencos que venden en las calles, pequeños chelovecos de hojalata con un resorte dentro y una llave para darle cuerdas desde afuera, y le das cuerda grr grr grr, y ellos itean como si caminaran, oh hermanos míos. Pero itean en línea recta y tropiezan contra las cosas bang bang y NO PUEDEN EVITAR HACER LO QUE HACEN. Ser joven es ser como una de esas malencas maquinas....



Fragmento de "la naranja mecánica". El libro que siempre tiene respuestas a mi vida...