miércoles, julio 10, 2013



Caminábamos bajo una suave garúa. No podíamos esperar a que la tormenta terminara del todo. Ambos coincidíamos en lo bello del mundo recién llovido y salíamos siempre a disfrutarlo.

Es que mojadas las cosas cambian de aroma y de color. Las ventanas embellecen. Las calles descansan de la turba intratable.No son muchos los momentos de escasez de gente, y hay que aprovecharlos sin dudar. El cielo se acurruca en los charcos, volviéndose un poco menos imposible. Reina la calma, como la tranquilidad posterior al llanto feroz. Después de todo la lluvia es eso, una especie de desahogo.

Lo que nos encantaba de las tormentas, al fin y al cabo, es que nos regalaban un mundo distinto al de siempre, al menos por unas horas.





Reacciones:

1 visiones:

Pedro Alcaraz dijo...

Me gustó cuando usaste la palabra "desahogo", comparto el sentimiento.
Me trajo el olor a tierra mojada de mi pueblo.
Abrazo.