viernes, septiembre 05, 2014



Yo también tuve mi propio Titanic.

Los días y noches de arduo esfuerzo y espera valieron la pena. Que realizado me sentí cuando el último clavo se enterró en su armazón. Durante los días previos a zarpar al océano no hubo atardecer en el que no me sentara en el muelle a mirarlo terminado. Era increíble, majestuoso, impresionante. Aun me invadía la incredulidad al caer en la cuenta de lo que había logrado con mis propias manos. Un amor que desafiaba a la eternidad.

Finalmente llegó la hora soñada. El champagne estalló contra la proa dándole la bienvenida a los mejores días de mi vida. Cuanto mar por recorrer, tantas olas por conquistar. Me sentía capaz de cazar el horizonte. Mi pequeña obra de arte y yo salimos a enamorarnos del mundo.

En altamar conocí aguas de todos los colores, olas de toda forma y altura, monstruos marinos de lo más variados. Las pequeñas y grandes tormentas solo fueron obstáculos para probar su fortaleza, que por cierto era titanica. Juro que jamás vi brillar el sol tanto como esas mañanas.

Pero nunca vi venir el hielo.

Esa madrugada choqué contra el frío más impávido y asesino que el mar podría ofrecer. Como si todos los inviernos de mi vida se incrustaran juntos en el hierro de la nave, y en mi corazón. Ese barco que tanto me había costado y que parecía indestructible, comenzaba a ahogarse. En un segundo todo se fue a la mierda. El agua entraba por todos lados y la desesperación no me dejaba pensar. Las estrellas cada vez quedaban más arriba y me encontraba en la nada más absoluta. .

No podía creer lo que me estaba sucediendo.Traté de tranquilizarme como pude.  Acaricié mi gorra de capitán, la observé un buen rato y me senté al lado del ya inservible timón. La catástrofe se consumaba y yo, como todo capitán con honor, moriría con mi barco. La espera no duró mucho, el agua helada comenzó a besarme los pies y subío lentamente hasta mi cuello. Suspiré, tomé aire y cerré los ojos.

Todas las mañanas despierto y doy una vuelta por el camarote. No se si estoy vivo o muerto. Habito en la más recóndita de las profundidades, donde casi no llega la luz. Me toco el pecho y no siento nada. Quizás sí morí aquella noche infernal después de todo. Pero la duda regresa a molestarme cuando, en los días de sol más recalcitrante, algún rayo rebelde logra penetrar y llegar al fondo del mundo en el que vivo, permitiéndome volver a contemplar aunque sea por unas horas a mi Titanic, que aun descansa en el fondo del mar, ahogado, pero intacto, enorme y hermoso.






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