jueves, agosto 13, 2015




Todo sucedió despacio y gradualmente. Soñaba con volar alto, muy alto, pero me encontré con que el suelo se convirtió en mi hábitat natural. Tenía la desesperante sensación de que todo alrededor se volvía inmenso: las casas, los edificios, los autos, las personas. Pude notar, sin embargo, que todo aquello se mantenía igual e invariable, pues el único que cambiaba era yo. No paraba de menguar.

El tiempo pasaba y yo sentía como me encogía, me arrugaba lentamente como lo hacen los papeles devorados por el fuego. Ardía por dentro de impotencia y todo me costaba cada vez mas. La gente no me escuchaba allá arriba, no llegaba a pisar el acelerador de mi automovil, ni siquiera podía abrir las puertas, los picaportes se habían tornado inalcanzables.

Me fui volviendo cada vez mas frágil y sensible. Mis oídos no soportaban los ruidos, todo me quedaba lejos: las distancias se me tornaron imposibles. Y me seguía achicando. Las personas ya no me veían, no notaban mi presencia y tenia que esquivar sus pisadas: el mundo me quedó grande y se volvió un lugar hostil, el inexorable destino de mi alma casi ausente era terminar pegado y destripado en la suela de un zapato.

Y me fui quedando solo. Solo y pequeño, cada vez más lejos del sol. Ya nada estaba a mi alcance. Pude conocer bien de cerca la soledad de la marginacion, el hediondo fracaso de quedar obsoleto, y mis días y noches continúan así, esperando con una mezcla de miedo y ansiedad esta cuenta regresiva de los centímetros de mi existencia que tienden, inevitablemente, a la serenidad del cero.





Reacciones:

1 visiones:

Carla Ozone dijo...

Qué peligro tiene leer a Kafka...yo todavía recuerdo la sensación de agobio y claustrofobia que me produjo La Metamorfosis, y hace ya más de 20 años.
Como tengo un recuerdo tan vívido, tu post me lo hace aflorar.
Qué grandes placeres se guardan en las lecturas.