martes, agosto 05, 2014



Mariano está parado junto al inodoro. Lo observa- si tan solo apretando un botón se fuera toda la mierda...- piensa. Tiene siete mil preguntas y ninguna respuesta. Intenta mirarse al espejo pero se ve difuso y turbio. Nada cambió después de todo. Nublado, siente que viaja en una nube y que ya olvidó la letra de su canción.

Mariano espera sentado al lado del inodoro y repasa su vida entera en segundos. Cuantas derrotas por dios, de todo tipo y color. Tiembla, grita y llora, todo a la vez. Sabe que sus días fueron un paréntesis de la nada. De la soledad a la soledad. La canilla también pierde, y retumba sin parar marcando el compás de la tristeza. Es de madrugada y la mañana cada vez queda más lejana. Será mejor asi.


Ya casi no existen las canciones, ni las glorias, ni amigos ni enemigos, ni él. Uno se acostumbra a todo, menos al dolor. Los ojos se le cierran. Convencido de que los finales también son un comienzo se seca las lágrimas y los mocos. La carta reposa junto a él. Los argumentos se corrieron con la humedad del piso y el vómito, volviéndose bastante inentendibles. Igual ¿que importa? .


Mariano está recostado al pie de su inodoro. Whisky barato y polvo de hadas para el viaje. Mira al techo sin mirar. Grita en silencio. Los mosaicos le contagian el frío. Otra vez el cosquilleo asesino en la panza, pero más fuerte. El reloj se detiene a las cuatro y veintitrés, la hora más oscura antes de que comience el alba. El dolor cesa. Una sonrisa de alivio le nace entre las mejillas, dispuesta a quedarse allí para siempre.


¿Como era eso de despertar?





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