jueves, diciembre 12, 2013



La tormenta finalmente se retiró. Es mediodía y los familiares van apareciendo de a poco, esquivando el barro como pueden.

De los treinta chicos, solo están afuera de la casona dos o tres, que son los que se ganaron la confianza gracias a lo avanzado del tratamiento. Se encargan de cocinar para todos y de recibir a la gente. Les acercan sillas de plástico para que los parientes se pongan cómodos. Son dobles, están encastradas una encima de otra para que no se rompan. También están en estado frágil como todo(s) ahi adentro.

Ya hay doce o trece personas sentadas en el patio. Todas tienen algo en común: la mirada conquistada por la tristeza, todos lucen cansados, aunque el día recién empieza. Será que los problemas no entienden de días, noches y horarios. El 90% son madres, el argumento más sólido para intentar comprender lo intenso e incorruptible del amor maternal.

El saludo es siempre el mismo "Como estás", las respuestas tampoco varían mucho: "acá andamos", "tirando", "luchando". El silencio se va volviendo cada vez más chico hasta que comienzan las conversaciones cruzadas para mitigar la espera. Que la sociedad está perdida, que los políticos, que la droga, que nos roban, que nos rompen a los pibes. Empieza una mini-revolución que termina minutos después cuando se acerca el director, la psicóloga, y uno de los ayudantes. Se sientan todos en ronda y una nueva reunión comienza. La segunda de las dos que se hacen por mes.

El viento no sopla, ruge, haciendo que varias preguntas de los padres deban repetirse. El director empieza a hablar de cada caso en particular. Algunos mejoraron, otros empeoraron. Uno se fugó. A una de las mujeres le dicen que su hijo está mucho mejor e inmediatamente lanza una sonrisa con tanto brillo que ya no hacía falta el sol. A otra le avisan que su chico tuvo un retroceso. Llora, pero demuestra entereza, por enésima vez, incluso pese a haber tenido que viajar ochocientos kilómetros para recibir la amarga noticia. A la siguiente le comunican que el suyo tiene su primera salida transitoria desde que entró y le traen al chico vestido para la ocasión, prolijo como hace meses no lo estaba, listo para ir a dar una vuelta de unas horas por el centro de la ciudad y ver como se comporta en el mundo real -Quiero ir a tomar un helado. Hace un año que no tomo uno-.

Tres horas después la reunión de padres finaliza, y los familiares entran a la casa para saludar a sus hijos. Ataque masivo de abrazos. Meriendan, charlan, se piden perdón mutuamente. Llegan las cinco y las visitas se retiran hasta la próxima. Todos quedan envueltos otra vez en esa extrañísima sensación de quedar tristes y contentos a la vez.

Un día más en la historia de los pibes que estaban atrapados afuera, y ahora luchan por ser libres, adentro.





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